1507. EL SACRISTÁN
Miguel Medina Torres | Miguelon

EL SACRISTÁN

Silvestre era el sacristán de una iglesia de un pequeño pueblo de unos mil habitantes. Era rechoncho, calvo, un poco bizco, gruñón, inculto y chismoso, en fin, que el Dios al que servía, no se había portado muy bien con él. El señor Fulgencio, cura de la villa, lo tenía a su servicio desde hacía muchos años y le profesaba un gran cariño a pesar de sus defectos. Éste, cada vez que iba a su casa a verlo, lo pillaba comiendo. La gula era uno de sus pecados capitales pero no el único.

Silvestre, que era hombre de pocas palabras a la vez que tímido, tenía el vicio de esconderse detrás del confesionario para enterarse de todos los chismes del pueblo. Así sabía que la Antonia, la panadera, le era infiel a su marido con el joven Rafalito, el carpintero, ó que Isidro, el bodeguero, regaba su vino con agua como si de una maceta se tratara.
Así se sucedía su vida entre la monotonía de las misas y el entretenimiento de las confesiones. Hasta que un día se encontró un teléfono a los pies del Jesús crucificado. Al principio pensó en dárselo al cura pero después, llevado por el instinto de posesión, se lo quedó.
A la mañana siguiente estando solo en su casa sonó el teléfono. No sabía si cogerlo o no. Así estuvo como un minuto hasta que su curiosidad pudo más que la prudencia y lo cogió. Al otro lado del teléfono sonó una voz grave que le dijo:
-¡Soy Jesús y tengo que hablar contigo!
Silvestre, asustado e intrigado le dijo:
-¿qué quieres, Dios mío?
Y éste contestó:
¡Quiero que dejes de espiar las confesiones que le hacen lo feligreses al señor Fulgencio! ¡Y que no cuentes nada de lo que hayas oído o de lo contrario tendré que mandar a mi ángel contra ti!
Silvestre quedó entre perplejo y anonadado y le prometió que no lo haría más y que no le diría a nadie nada de las confesiones que había oído. Al final Jesus le dijo:
– el teléfono que tienes en las manos se lo tienes que dar al Rafalito, el hijo del carpintero.
-Así lo haré Señor.
Jesús, el carpintero, colgó el teléfono y le dijo a su hijo Ángel:
-Vé a la carpintería y le dices a tu hermano Rafalito que el sacristán no dirá nada de sus devaneos con la Antonia y que recoja su teléfono en la iglesia.

Miguel Medina Torres