1039. EL SECRETO DEL SUPERHÉROE
Miguel Blanco Rodríguez | El Pele

Mi hermano Ángel no entró en el paraíso de las frases hechas a pesar de tener un corazón de talla XXL. No es que no poseyera bondad intrínseca o que no demostrase empatía al escuchar las salmodias de los mendigos en las parroquias. Me refiero al tamaño de su víscera, tan enorme que a cualquier otro no le habría cabido en el pecho. Sin embargo, nunca se afanó en vengar damiselas de honores mancillados o liberar becarios explotados de las fauces de sus jefes. A cambio, para compensar su nula contribución a ese tópico, cuando se enfadaba se subía por las paredes.
La primera vez fue tras negarse a comer coles de Bruselas. Con disimulo primero, y después sin vergüenza, expatrió con desdén las crucíferas hacia las lindes del plato hasta fabricar una montañita en la que almacenar su enojo, un hormiguero burbujeante a la espera de alcanzar su punto de ebullición.
Esa tarde, llamaron a mamá y papá del colegio para convencer a Ángel de que se bajara de las paredes del aula. Estaba encaramado a los fluorescentes y galopaba desde el crucifijo hasta el retrato del padre rector y luego a las cristaleras del pasillo. Movimientos veloces, como las salamanquesas al cazar en los porches las noches de verano. Desde entonces, sus berrinches acabaron en trayectorias inverosímiles que desafiaban las leyes de la física.
Irritar a Ángel era garantía de espectáculo, un pasatiempo recurrente para familia y amigos. De tanto practicar, llegó a la adolescencia dotado de una agilidad tal que decidió presentarse a las pruebas del Circo del Sol. Pero tuvo que asumir que sin provocación previa no sabía escalar; subirse por las paredes requería que se crispara. Un médico lo definió como «un ejemplo de libro de la relación causa-efecto, igual que las claras alcanzan su punto de nieve antes de convertirse en merengue», dijo el neurólogo.
—Cabréame o haré el ridículo —me exigió cuando lo acompañé al casting.
Mantuvimos su secreto para evitar que cualquier mequetrefe activara el interruptor que descorchaba su superpoder. Como contrapartida, Ángel no siempre tuvo cerca a alguien de confianza que lo sacara de sus casillas y tuvo que experimentar hasta ser autosuficiente: saber en qué tweets entrar y qué tertulias escuchar para conseguir la efervescencia necesaria como para salir a pista y ser la sensación del espectáculo.
Hace años le llamaron de Hollywood. Se embutió en un disfraz azul y rojo para lograr fama mundial. Que lanzara hilos de araña por las muñecas fue pan comido para los técnicos de efectos especiales, pero Ángel se negó a usar pantallas verdes en sus correrías por los edificios de Manhattan.
Mi hermano sabía que era imposible estar permanentemente irritado y que en un momento dado la gravedad haría su trabajo. La tarde que falleció me contó que había comido coles de Bruselas por error y que no le disgustaron. «Mi vida profesional se basa en una mentira», dijo abatido. Después, se despidió porque tenía que rodar en la azotea del edificio Chrysler.