EL SEDUCTOR
Juan Carlos Tena Rubiella | Carla Guerrero

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La chica de la oficina y yo teníamos una conexión mágica, una atracción magnética. Nuestras miradas se buscaban constantemente, las sonrisas brotaban espontáneamente y ella buscaba sentarse siempre a mi lado bajo cualquier excusa. Nos habíamos jugado una cena con un pretexto fácil de cumplir y yo había perdido, supongo que a propósito.

Busqué un restaurante que fuera lo suficientemente bonito para una cena romántica, pero lo suficientemente económico para adecuarse a mi presupuesto. La comida italiana nunca falla. Quedamos a las 21.30h en Vicenzo´s.



Llegué puntual pese a la tormenta que azotaba la ciudad. Pero ella me hizo esperar 20 minutos en los que me dio tiempo a observar que el local estaba lleno de familias italianas, reuniones de negocios y parejas. Me había informado del lugar, pero la realidad superaba a la expectativa.



Cuando apareció estaba preciosa. Morena, un pelo que llegaba hasta su cintura, ojos negros, un vestido amarillo que dejaba ver sus muslos y un acento sureño que me volvía loco. Nos saludamos con dos besos, la invité a sentarse:



– Acabas de llegar y ya has conseguido que el día mejore. – traté de romper el hielo.

– Entonces puedes llamarme Sol. – dijo riendo. Ella era irónica e inteligente.

– Siempre he querido estar bronceado todo el año. Creo que nos llevaremos bien.



Pedí pasta. Ella optó por una pizza diavola, definitivamente venía picante.

Yo era un seductor. El humor era mi gran arma, el físico me ayudaba y el baile las conquistaba. Estábamos encantados:



– En la oficina no te ríes tanto. O finges aquí o finges allí.

– Lo cierto es que finjo en la oficina.

– Hablando de fingir, ¿qué planes tienes para hoy? – dije de forma pícara.

– ¿Cómo dices? – preguntó ruborizada.

– Sí. Estás súper atractiva, tu mirada cada vez me atrapa más y te has puesto vestido que te queda de miedo. Seguro que tienes grandes planes.



La velada transcurrió perfecta, ella buscaba impresionarme y yo la subía en un vaivén de emociones pasando de la risa a la ternura.



Mientras apurábamos la botella de vino nos trajeron el postre. Tiramisú a compartir. En un acto romántico le acerqué la cucharilla a su boca mientras nuestras miradas no se separaban.



Todo iba a pedir de boca hasta que le vi entrar. Me levanté, saqué del interior de mi chaqueta un revólver y descargué toda la munición contra su pecho. El estruendo de los disparos enmudeció el local. Gianluca Ferrara yacía inerte y empapado en sangre en el suelo. Mi venganza contra el sicario que mató a mi padre por fin había culminado.



Era la primera vez que mataba y me sentía a gusto con esa sensación de poder, de ver el miedo en los ojos de todos cuanto me miraban. Angelica, mi cita, estaba impactada. La cogí de la mano, me agarró fuerte y salimos del local. Hicimos el amor toda la noche. Nunca más la volví a ver.



Fue una primera cita inolvidable.