1438. EL SELENITA QUE SE ENAMORÓ DE LA TIERRA
Manuel Cubero Urbano | Paleto

Dicen los viejos selenitas que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Y debe ser cierto, cincuenta años lunares acababa de cumplir doña Selene. Y desde hacia cuarenta, sabiendo por una vecina que, en el otro hemisferio del planeta, existían unas maravillosas vistas celestiales. Desde allí era posible observar un maravilloso planeta vecino en el que, según los sabios lunáticos parecía ser que existían unos extraños elementos semovientes. Tierra lo llamaban.
–Pues tengo que conocer ese planeta. Aunque sea desde el nuestro –se prometió doña Selene ante sus invitados el día de su cumpleaños¬.
–¿Desde la Luna? Difícil lo veo, amiga –explicó Seli, su vecina.
–Verdad. No sé qué punto le ha picado a nuestros gobernantes. Desde que unos extraños globos procedentes de la Tierra alunizaron en el planeta escupiendo varios de esos elementos semovientes tenemos absolutamente prohibido visitar la cara visible desde la Tierra.
–Está claro. Yo lo comprendo. La última vez que nuestros antepasados visitaron la Tierra, aquello era un infierno. Se destruían unos a otros como auténticas fieras. Nuestro gobierno no quiere ni pensar la que se liaría si esta gente descubre nuestra presencia –respondió Seli.
Poco a poco se fueron uniendo a esta conversación el resto de los invitados. Una atmósfera rebelde y auténticamente lunática se apoderó de aquellas mentes hasta extenderse a todo el planeta selenita.
¬–Si ellos han llegado a nuestra tierra, nosotros iremos a la suya… Así calmaremos ese espíritu rebelde que está haciendo del mundo lunático un mundo de locos –decidió el Comandante Mayor de Viajes Espaciales.
El pasado se esfumó como por encanto. Un mundo de esperanza se abrió ante los selenitas ojos gracias a aquel viaje experimental que habría un nuevo futuro de esperanzas e ilusiones. Llegó el día elegido, un grupo de sabios embarcó hacia la Tierra camino de un nuevo sendero de libertad. Después de buscar entre los variados paisajes que se le ofrecían seleccionaron uno especialmente atractivo. Se trataba de una zona repleta de árboles en cuyo centro brillaba una extraña figura geométrica donde bailoteaba una materia líquida e incolora rodeada de terráqueos que dado el bailoteo que se traían parecían divertirse alocadamente. Llegaron. Y sucedió algo imprevisto. Atemorizados ante la presencia de aquellos extraterrestres el grupo de terráqueos huyó del lugar abandonando unas hermosas y amarillentas lunas que se ofrecían generosas a los visitantes. Estos se acercaron a la mesa donde descansaban. Desde ellas, un ambiente cálido y acogedor secuestró sus corazones. Aún más, un extraño aroma penetraba hasta lo más hondo de sus pechos. A pesar de las interminables horas de vigilancia que habían permanecido observando el planeta Tierra, nunca habían percibido aquellos miasmas que embriagaban sus sentidos.
–Esto es una Luna y no la mía –dijo el Comandante Mayor mientras se zampaba aquella espléndida tortilla de patatas.
–¡Esto es la más hermosa de las lunas! –gritó su asistente.