360. EL SICARIO LLORÓN
Vanessa Yepes | Vanessa

Manolo tiene la mejor profesión del mundo. O al menos eso piensa él. Es sicario. Pero no uno cualquiera, es el mejor en lo suyo. Hasta ha recibido premios condecorándole como el mejor sicario europeo de todos los tiempos. ¡Menudas fiestas montan los de la Asociación de Ajustadores de Cuentas cada año para entregar sus estatuillas! Todos los asistentes se emperifollan y ni los “Goya” tienen tanto glamour como los galardones “Guante Blanco”. Eso sí, la ubicación es secreta y si no guardas silencio al respecto, te liquidan.

Manolo viene de una gran estirpe de sicarios. Su padre, en paz descanse, fue el sicario más temido. El Silenciador le llamaban todos. Como el padre de Manolo fuera a por ti, no podías ni abrir la boca para comerte una pizza en LaMucca, te dejaba frito al instante, te silenciaba. El abuelo de Manolo, por supuesto, fue también sicario, El Rompehuesos. Y así generación tras generación. Manolo siente que lo lleva en la sangre y por eso disfruta tanto su profesión.

Lo que lleva peor es lo de su mote porque no le gusta nada. Un buen apodo es importante y no puedes ponértelo a la ligera porque irá contigo hasta la tumba. Manolo esperaba ser el que tuviese el mote más irónico o macabro de toda la familia. Pero no era el caso. El apodo de Manolo era el peor.

Todo empezó cuando llevó a cabo su primera misión, con dieciocho años. Se desplazó hasta una casa en la Moraleja y asesinó a su primer cliente mientras otros sicarios le asesoraban. Aunque esto suene raro, es de lo más normal. Los becarios siempre necesitan supervisión hasta que ya pueden valerse por sí mismos. Manolo asestó su primer golpe en la garganta con un cuchillo muy afilado. Había pensado usar una pistola de nueve milímetros con silenciador pero el cliente se despertó de la siesta porque tenía que ir a su clase de aquagym y sorprendió a Manolo con el arma sin montar y el pasamontañas negro sin poner. De modo que improvisó con un cuchillo jamonero que encontró por la cocina. Manolo notó como se rasgaba la piel y empezaba a salir mucha sangre. Fue entonces cuando los ojos le empezaron a picar y se le llenaron de agua. El pobre Manolo no pudo contener el llanto. Todos los sicarios senior presentes le consolaron mientras el cliente se desangraba en el suelo. Sus compañeros de trabajo le dijeron que aquello era normal, era la primera vez y eso impactaba.

Manolo se consoló como pudo, pero en el segundo encargo le pasó lo mismo: disparó a aquel hombre de negocios en la cabeza y no pudo contener su llanto. Y luego tuvo otro encargo en el que también lloró. Y luego otro. Y así hasta los setecientos ocho que lleva ejecutados a día de hoy. En todos siempre le ha pasado lo mismo, ha tenido incontinencia lacrimal. Por ese motivo Manolo tiene el peor mote del mundo: El Sicario Llorón.