EL SIEMPRE ACUDÍA
David Pascual Ballester | Paixao

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Para ella era la primera vez. Sin embargo, él siempre acudía a aquel lugar. Ineludiblemente. Aunque la hora pudiera variar un poco de un día a otro. Siempre iba a estar. Ella llegó en su coche y aparcó en la avenida. Con su mente en mil cosas. Con su aire desenvuelto que, a bien seguro, alguien podría confundir con cierta altivez, pero que no era más que esa máscara que oculta el nerviosismo que produce la inseguridad. Con movimientos rápidos se colocó el peinado, se retocó el rimel y la sombra de ojos mirándose en el espejito de la visera interior y cuando obtuvo de él su aprobación, abrió la puerta y salió del vehículo. Sus pasitos rápidos, cortos montados en sus tacones altos cruzaron el amplio aparcamiento y se dirigió al paseo. Allí, anduvo un poco. A un lado y al otro. Ese día de febrero concretamente hacía frío. Entornó los ojos, observó el mar, lo olió, escuchó el crujir de las olas. Todo en ella era sentidos que captaban sensaciones en toda su profundidad. Y cuando ella quiso, cuando consideró conveniente, su espíritu libre se volvió, lo miró fijamente unos instantes, cogió su teléfono móvil y tomó la foto. Él volvía a estar allí y volvió a mostrarse como un anochecer perfecto pero, en esta ocasión, sólo era para ella.