389. EL SILLÓN DE MAMÁ
CONCHA FERNÁNDEZ GONZÁLEZ | KANANGA

Siempre igual mamá. Nunca has olvidado que provienes de una familia acomodada, aunque esa familia esté más arruinada que un ayuntamiento en plena crisis. Te empeñaste en que te llevara el sillón de mimbre a la playa y allí se quedó. No, tú no podías usar una silla de lona, tú tenías que ser la duquesa de “Notengonada” que has sido siempre. He recorrido toda la puñetera playa, he preguntado a los socorristas de la Cruz Roja, he hablado con los camareros de los chiringuitos de alrededor. Ni lo han visto, ni han observado a nadie llevándoselo, que digo yo, que si alguien lo hubiera cogido llamaría la atención o ¿crees que es habitual el ir por la playa con un sillón blanco de mimbre, torneado y con labores de filigrana en el respaldo? Seguramente, con la subida de la marea se lo habrá llevado el mar y Neptuno se habrá quedado con tan valioso objeto… Bueno, mamá, no te pongas así que estaba intentando quitarle un poco de dramatismo al asunto.
Qué bochornos me haces pasar siempre, mamá. El maldito chisme no cabía en el maletero de ninguna de las maneras. Finalmente nos tuvimos que ir a la playa con él medio abierto. Si me llega a pillar la guardia civil me mete una multa de aúpa. Ahora, que tenía pensado que la pagaras tú. Me da igual si luego no te queda dinero para merendar en la cafetería Tropical con tus amigas de partida de canasta y rosarios a la virgen del Carmen.
Cuando después del trastorno del “silloncito”, de acomodarte a la orilla del mar y de haber conseguido un huequecito donde colocar mi propia sombrilla me dijiste que te habías dejado las lentejas en el fuego, no podía creérmelo. Comencé a recoger todo como una centella mientras tú corrías despavorida hacia el coche imaginándote tu pisito ardiendo por los cuatro costados. Ni tú, ni yo, mamá, nos acordamos del sillón en aquel momento. Reconoce que ese objeto tan valioso no te pareció esencial comparado con la integridad de tu hogar, así que deja de quejarte.
Encima, cuando llegamos a casa, el fuego estaba apagado y las lentejas sin cocer. Que también, a quién se le ocurre poner lentejas en el mes de agosto. Un buen gazpachito es lo que pide el cuerpo, no unas caloríficas legumbres que sí, son muy sanas, pero no en agosto, mamá.
Pues no, mamá. No te empeñes, no voy a poner una denuncia del robo de un sillón ¿de época, dices? De qué época, si lo compraste en el rastro el otoño que te quedaste viuda. ¡Claro que lo sabía!, encontré la factura archivando tus papeles, sin embargo, nunca he querido contrariar tus delirios de grandeza. Pero esta vez no, mamá. Cuando quieras de nuevo presentarte como una emperatriz en una playa lo piensas antes. Y, ¿sabes lo que te digo?, que me alegro de que hayamos dejado abandonado en la playa el maldito sillón.