773. EL SIMULADOR
MIGUEL PAZ CABANAS | Bartleby

Siempre he sido el mejor. Suena presuntuoso, pero lo afirmo sin reservas: no solo por triunfar en todos los proyectos emprendidos, sino porque, por ingrato que fuese, nunca he rechazado un encargo. Ha sido siempre así, sin titubeos ni reproches, de modo indefectible y constante. Al menos, hasta el día de hoy.
Es cierto que, a medida que envejecía, me asignaban tareas más espinosas: ya saben, vivencias relacionadas con meterse en un ataúd, entrar en un quirófano o pernoctar en la morgue. Situaciones que pondrían la carne de gallina a cualquiera, pero que asumía con profesionalidad. He de admitir que, en ocasiones, las pasé canutas. No solo en el entorno funerario, sino en los casos que se salían de lo común: ¿De qué forma calificar, sino, un salto desde el Empire State, una inmersión entre medusas, o una pelea a cuchillo en un callejón de Lima? Sin contar esas peticiones que rozaban lo grotesco: como la carrera que tuve que hacer en pelota picada durante la boda de los Duques de Windsor.
El sexo, claro, siempre ha sido omnipresente. Ya se sabe que es la prioridad del pueblo, su fuente esencial de motivación: desde el contacto más sensible a la cópula más enrevesada, el asunto no pasa de moda. Me refiero a esos apetitos y perversiones que nadie admite, pero que todos conocemos. Al fin y al cabo, en eso reside la ventaja de que lo hagan por ti: no corres el riesgo de contraer enfermedades venéreas ni de ser sorprendido en situaciones embarazosas. Basta reproducirlo con sensores sin que violen tu intimidad.
Reconozco que el protocolo (para nosotros, los simuladores) es bastante engorroso. Todas esas agujas clavadas en tu carne son incómodas, pero así es como la electromiografía registra tus impulsos. En ocasiones, cuando he de repetir una escena, no me mortifican tanto los pinchazos, como la sensación de déjà vu. Pero la competencia es dura y has de aspirar a la perfección: nadie paga por experiencias ficticias, el cliente quiere que, como simulador, sufras o goces de verdad. En otras palabras: cuando tu cliente se sienta en el sofá y experimenta lo mismo que tú, pretende que el asunto sea lo más real posible. Cómo te las arreglas para conseguirlo, es tu problema.
Por eso, después de tantas experiencias atroces, no acepto que me acusen de cobarde. He padecido situaciones que cualquiera rechazaría, incluyendo mordeduras, alunizajes y sexo desbocado. He dormido en lugares inhóspitos y contraído matrimonio seis veces. Incluso lideré una formación política. Ninguna sordidez me es ajena, como decía el filósofo cartaginés. Pero, llegados a este punto, repudio de raíz esa propuesta: porque, hablando con claridad, me parece infame.
Así que no daré mi brazo a torcer.
Están locos si creen que llegaré tan lejos, que accederé a semejante demanda: ahí es nada, hacerme pasar por Putin y participar en el Festival de Eurovisión.