694. EL SOFOCO.
Virginia Larrán González | Escalopendra

Y allí me hallaba, después de consultar en internet el tratamiento apropiado para reducir los kilos acumulados desarrollados durante partos, años sacrificados a la familia, la puñetera cuarentena por el covid, y la desgraciada menopausia.
La clínica de estética calificada en internet con 4’5 estrellas,y después de un bono por el que me cobraron el módico precio de 500 euros, me embalaron con un plástico cuan morcilla o chorizo en tripa del mismísimo gorrino.
-No se preocupe Señora García, lo que usted tiene es mucha retención de líquidos, lo que necesita es drenarlos – me dijo con aires de autosuficiencia la esteticista.
Posteriormente, tumbada con un atavío completo igualando al más prestigioso astronauta, me dijeron «disfrute y relájese».
¡Disfrute! ¿Cómo coño iba a disfrutar de una opresión sincronizada poniéndome morada hiperventilando?
El sofoco de las 12 del mediodía acudió a mí cuan mosca a la mierda atacando sin piedad.
¡Puñetera menopausia!-pensé yo chorreando de sudor hasta en mis más recónditos e íntimos parajes.
Una opresión superlativa acudió a mi pecho oprimiendo mi caja torácica y sin más, vi a mi cuerpo maltrecho y adornado por
múltiples cables, a un metro y medio debajo de mí.
Un revuelo digno de una auténtica influencer se formó en menos que canta un gallo, acudiendo los técnicos de una ambulancia intentando una reanimación infructuosa.
Yo, que seguía plastificada de pies a cabeza, me di cuenta del estado mortuorio en el que me encontraba. ¿ No se supone que a esas alturas estaría con San Pedro y sus famosas llaves?
Y claro, hallándome en dicha situación me pregunté,¿ acaso había sido tan mala que lo que me esperaba eran las llamas del infierno? ¡Ah no, eso sí que no!, después de haber pasado esos sofocos interminables sería una tortura demasiado desmesurada para mi miserable vida que, sin pena ni gloria, había transcurrido tras 50 años.
De repente, una ventolera me arrastró y sintiéndome superwoman me vi en una habitación de hotel rozando el techo.
Una pareja retozando entre las sábanas apareció ante mis ojos y, agarrando desmesuradamente la lámpara del techo que tenía a mano, esta se vino abajo, dándole en el mismísimo cogote al gilipollas de mi marido dejando a su puñetera secretaria sin partirle una sola uña.
Y sí, hasta en la misma muerte tuve que seguir aguantándolo ,y aún encima en pelotas.
Sí señores, imagínense semejante puesta en escena ; yo plastificada de arriba abajo, eso sí, con mis lorzas bien retenidas ,y a mí marido, doble de Dani de Vito en la mismísima condición que vino al mundo, flotando a mi lado.
¿Pero qué demonios había hecho yo en este mundo para soportar esta humillante situación?
Como no, en medio de los alaridos de la puñetera secretaria, una nueva ventolera nos arrastró.
Esta vez, San Pedro si apareció, y descojonándose de risa nos propuso dejarnos pasar por caerles en gracia, cosa que yo rechacé.
Preferí el purgatorio y seguir con mis sofocos, antes que aguantar al gilipollas de mi marido aunque fuera en el mismísimo cielo .