1136. EL SOMBRERO
JULIO CESAR MARTIN BAZAN | TINTA EN LAS MANOS

Título: “ EL SOMBRERO “
Seudónimo: TINTA EN LAS MANOS
Nunca había sido un hombre con demasiada personalidad. En su fuero interno siempre había
deseado parecerse a algunos de los personajes de sus lecturas. Su rostro acuoso, enrojecido,
unido a unas gafas sin estilo, le daban un aspecto sin interés para el observador, y sobre todo
para las observadoras. El espejo en el que se miraba cada mañana, al igual que le pasaba a la
Reina Malvada del cuento de Blancanieves, le decía que no era el más interesante del barrio.
En uno de esos días de lectura en que se deleitaba leyendo a Valle-Inclán, se detuvo a observar
la fotografía del escritor que aparecía en la contraportada del libro, en la que portaba un
sombrero negro. De repente se imaginó a sí mismo llevando uno similar y mostrando unas
luengas barbas. Su autoestima creció al imaginar con que facilidad había modificado
favorablemente sus propios rasgos personales.
Cuando salió de la tienda con el sombrero ondeando en su cabeza, haciendo juego con una
incipiente barba de tres días, su sonrisa casi no le cabía en su resplandeciente rostro de luna
llena. Al llegar a la oficina donde trabajaba causó asombro entre sus compañeros, por lo que
decidió no quitarse el sombrero y continuar con sus tareas habituales. Aquéllos pensaron que el
hecho de portar tal cubrecabezas se podría deber a querer ocultar algún problema de alopecia o
una posible irritación cutánea, por lo que pensaron que toda esa cuestión estética era algo
coyuntural y, por ende, pasajera. Tras dos meses sin quitarse el sombrero y de que su barba
empezaba a parecerse a la de un chivo, en la oficina empezaron a circular rumores de todo tipo.
Algunos pensaron que se trataba de alguna apuesta que iba a reportarle pingües beneficios. La
realidad era que cada día sentía que su personalidad iba aumentando, así que su identificación
con el modelo valleinclanesco era tan acusada que no se desprendía del sombrero en ningún
momento, ni para dormir. Su esposa, una mujer comprensiva en extremo, le había dado un
tiempo prudencial para que entrase de nuevo en su sano juicio, pero un día harta ya de todo
aquello le espetó con rotundidad:
– “O el sombrero o yo”
– “El sombrero”, contestó con aplomo el interpelado.
Al día siguiente su mujer abandonaba el domicilio conyugal. Lo último que supo de su marido
fue que ingresado de urgencia en el hospital para poder realizarle una operación de apendicitis,
intentaron las enfermeras quitarle el sombrero, pero después de tanto tiempo conviviendo en su
cabeza se había formado una especie de cemento natural que imposibilitaba su extracción. Al
comprobar que no había más remedio que operarle con el sombrero puesto, el enfermo sonrió
satisfecho