El suelo se mueve
Bárbara Saavedra Villarino | B.

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Cumplidos los 50, cuando la madurez acechaba su cuerpo y su cabeza se asentaba más segura que nunca, se embarcó en el mundo de las citas, ahogándose en ese mar de fotos que no lograban decirle nada.

Su espacio vital era tan inmutable, que se asustó cuando en esa selva de personas, alguien la ilusionó. El miedo a un reflejo detrás de una pantalla.

Después de días chateando, en los que pareció que compartían un lenguaje, aceptó lanzarse a conocerlo personalmente.

De él tenía palabras interesantes, risas que relajaban el temor de lo desconocido, comentarios que hacían que surgiera una sonrisa.

Lo que más miedo le daba era desconocer su olor. Porque el olor le decía mucho más que cualquier imagen.

Al llegar, sus miradas se encontraron fácilmente y los ojos sonrieron.

Hablaron mientras intentaba oír lo que él no decía, esperando el comentario que le permitiera salir corriendo.

Pero no llegó.

Y cuando sus dedos tocaron la piel de su antebrazo siguiendo el camino de sus venas, le preocupó que el suelo empezara a moverse en cualquier momento.

Desde ese instante, le costó quedarse quieta. Le sobraban los pies debajo de la mesa, acercaba su cuerpo para escucharle y se echaba hacia atrás para no invadir su espacio, intentando encontrar un equilibrio, que perdía momentáneamente.

Cuando cerraron del bar, no sintió el frío de la noche de octubre de la calle, solo las ganas de prolongar el momento.

Y cuando un rato después, sus bocas se acercaron, ya no pudo contenerse.

Porque su olor le parecía suave y resistente como el terciopelo que te envuelve en una noche de fiesta, transparente y ligero como la gasa de un vestido de verano. Y mientras buscaba con los dientes sus labios y con su lengua, el sabor de la piel de su cuello, sintió que el suelo ya se movía demasiado rápido.

Él le propuso ir a su casa y no quiso preguntarle a su cabeza, no fuera a llevarle la contraria, a enseñarle todo lo que podía no salir bien. Que el miedo se asomara en forma de inseguridad o de esperanza.

Forzó su memoria, por si en un instante, desaparecía el encantamiento.

Desde que se marchó, casi de día, el suelo ya no dejó de moverse. Su cerebro se mareaba tratando de organizar toda esa avalancha de pensamientos que cruzaban su cabeza mientras la razón intentaba poner orden, sugiriéndole que todo eran fantasías.

Ancló su cuerpo a la rutina, a los días ajetreados, a la falta de espacio, para que el suelo volviera a frenarse, intentando no desgarrarse la piel en el intento de que la quietud volviera a su vida.

Hasta que días después, al salir a la calle sintió el viento sobre su cara, empujándola.

Entonces entendió que ninguna fuerza externa iba a ayudarla para que el mundo se parara, y que lo mejor que podía hacer era dejarse llevar, sin esperar ir a ningún lugar.