El sueño
Purificación Pérez Martín | Aurora Boreal

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Llevaba mi mejor vestido, el pelo recogido en dos trenzas, mi mejor sonrisa. En el camino iba tarareando una canción de la escuela. Mi paso era rápido, de esos pasos que te llevan a buscar algo que deseas, de esos pasos que te hacen sentirte viva.

Ante la puerta, toda mi seguridad se vino abajo. El edificio era majestuoso, las grandes vidrieras de colores daban vistas difuminadas al interior, la puerta grande, de madera noble, se abría para dejar paso al paraíso. Ahora mis pasos ya no eran mis pasos, eran un eco que resonaba entre las paredes mullidas. Casi de puntillas me adentré en aquel santuario, girando a derecha y a izquierda hasta llegar a un mostrador. Delante de mí vista, un enorme cartel que ponía “SILENCIO” me quedé callada ante la mujer. Ella me insto a hablar, “más alto”, me dijo, no me escuchaba, y yo cogiendo aire le dije que quería coger un libro que se titulaba “Moby Dick”. Me hizo rellanar una ficha de papel rosada, donde puse con letra de palo, mi nombre y se la entregué. Me pidió los datos que no había sabido escribir y los puso ella diligentemente. Me indicó que lo encontraría en el pasillo once, segunda columna. Recorrí los pasillos sin saber ubicarme, pregunté a una chica, y fue tan amable de hacerme de guía por aquel laberinto. Ella había venido muchas veces, se sabía los pasillos de memoria, me dijo. Sentía que usurpaba el lugar de otra persona, que no era digna de estar allí, con mi ropa gastada, con mi pobreza.

Era mi primera vez para muchas cosas. La primera que salía sola del pueblo. La primera que entraba en una biblioteca. Fui mirando los libros con delicadeza, me temblaban las manos, eran tan hermosos, por fin encontré el que buscaba, la ballena grabada en la portada lo delataba, Moby Dick, la historia que mi abuela me contaba cada noche, esa que siempre me había hecho soñar con viajar y ver el mar. Me dirigí hacia una de las mesas de la sala con mi tesoro entre las manos. Fui hojeando, una, a una las páginas. Las imágenes recorrieron mis retinas, hasta entrar en mi cuerpo y recorrerlo por los vasos sanguíneos.

No sé cuánto tiempo estuve allí absorta. A mi alrededor no existía nada, habían desaparecido las grandes estanterías repletas de libros. Solo estaba yo, convertida en aquel pescador con pata de palo, que luchaba contra las olas, contra el mar, viviendo solo para cumplir su obsesión, matar a la ballena blanca. Mi ensoñación acabó cuando una voz interrumpió mis pensamientos diciendo, “Niña, vamos a cerrar” Devolví el libro a su lugar. Y allí, en aquel momento, decidí que aprendería a leer, que no me moriría encerrada en una cajita de cerillas, como decía la abuela, gracias a las cuatro pesetas que me había dado y a su empuje, hoy, había podido cumplir un sueño, el primero de los que vendrían.