EL TANATORIO
PEDRO ÁNGEL SERRANO MOLINA | P.HIGHLANDER

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Reconozco que esta hilarante historia no debería enmarcarse jamás en tan sombrío escenario. Además, no falta el debate sobre lo que cada cual habría hecho en mi lugar.

Yo tenía diecisiete años. Sostenía el teléfono de góndola contra mi oreja mientras que con la otra mano sostenía un bollicao sobre los apuntes de mi escritorio. En el auricular la voz de mi madre luchaba contra la bocina de su crucero atracado en Siracusa.

—Ya mamá, lo sé. ¿Pero qué tengo que decir? Nunca he ido al Tanatorio. ¿Qué hago? —le hablé con la boca llena de bollo y chocolate—. Ni siquiera recuerdo al tío Ramón.

—Mira —dijo mi madre—. Tú fíjate en los demás. Estarán las titas y gente muy mayor. Dales el pésame de nuestra parte —añadió con prisa—. Tengo que dejarte, hija. ¡Aliméntate! Besitos.

Enclaustrada en la habitación preparaba la selectividad y ya ni recordaba cómo me sentía con unos vaqueros. Al día siguiente tenía el primer examen, de Literatura pero no me hacía falta repasar más.

Así que me enfundé los vaqueros y una camiseta negra. Tomé el bus 32A que me dejó en la puerta. Mientras caminaba hacia la entrada me estiraba la camiseta para holgarla más en el pecho. Era aquella ceñida o la de Freddie Mercury vestido de reina.

La puerta de entrada quedaba sobre un amplio rellano donde concurrían corrillos de personas, cuyos movimientos parecían haber sido ralentizados y tan sólo les estuviera permitido afirmar levemente con sus cabezas o dar lentas y largas caladas al cigarro.

En el interior miré un panel a la entrada que me recordó a los que vi en el aeropuerto el verano anterior. Solo que aquí sólo eran Departures—pensé y me tapé la boca.

—Ramón, Ramón, ¿Dónde estás? —Pasaba la mirada— ¡Ahí! Primera planta.

Ascendí intentando acompasar el paso lánguido con los demás. Al posar el pie en el último escalón fue reconocida al instante.

—¡Andrea! ¡Andrea! Cariño. Qué detalle más bonito, Andrea —escuché frente a mí al subir el último escalón.



Me dejé abrazar por la mujer y la emulé rodeándola con mis brazos.

—Ya ha dejado de sufrir —me dijo—. Una larga vida. Vamos, ven, ven adentro —me cogió de la mano.

Cuando entré me acercó primero a un hombre de su edad.

—Mira, Carlos —Me dijo sin soltarme— Es la única que ha venido. Aun teniendo mañana un examen.

Estiré mi mano hacia Carlos con el esbozo de una sonrisa trémula sobre una consternación interpretada en mi mirada.

Permanecí sentada junto a ella media hora, alrededor de las anécdotas sobre el difunto. Cuando le anuncié mi marcha me acompañó a la salida. Salí de la sala sin levantar la mirada del suelo y caminé hasta sentirme en la calle.

—Mucha suerte mañana, cariño —me dijo y me abrazó — Y muchas gracias por venir. Seguro que sacas sobresaliente.



Por la noche recibí la llamada de mi padre.

—¿Has ido a ver al tío Ramón?

—Sí, claro papá. Fui al tanatorio.