276. EL TIEMPO PASA
RUBEN LUIS ALBA | De La Fontaine

Llevo tiempo sin salir de casa, la verdad no se cuanto, me encuentro en uno de esos momentos de bajón que no te apetece nada y te refugias en ti mismo sin querer saber nada del exterior, menos mal que vivo en una encantadora casa de madera con todas las comodidades que uno pueda desear, es amplia, cálida y su construcción está hecha, toda ella, en madera de tilo, una madera fácil de trabajar y que aporta un confort especial al interior, la verdad es que la madera bien tratada es el mejor aislante que pueda existir, tanto del frío como del calor.
Como iba diciendo no me apetece salir al exterior, hay veces que miro la puerta de salida, que tiene dos hojas redondeadas en la parte superior y unos remaches metálicos de adorno que he de reconocer que le dan cierta categoría al conjunto, y sólo de pensar en atravesarla me entra como vértigo y me empieza a recorrer un sudor frío, creo que tengo que intentar superar esta situación, esperaré a mañana.
Hoy me he levantado con mejor ánimo, me he tomado un reconfortante y estimulante desayuno, me he sentido contento de vivir en esta casita y de tener un hogar tan singular, hoy en día la gente vive en casas de ladrillo o de hormigón que no tienen nada que ver con la mía.
Noto ruidos en el exterior, gente que va y viene, niños que juegan, bocinas de coches a veces pero sigo sin ganas de salir, siento curiosidad, no lo voy a negar, pero me puede más esta especie de agorafobia que me invade, de momento vuelvo a quedarme tranquilo en casa y veré si
mañana me levanto con otros ánimos y me decido.
Después de varios días dándole vueltas y vueltas a la cabeza hoy por fin he tomado la decisión, irrevocable, de salir al exterior pase lo que pase, a seguir con mi vida y mis obligaciones, eso es lo que tienes que hacer, me he dicho.
Este es el momento en que decididamente voy a salir, no lo pienso más, son las 4 de la tarde y he creído esta hora la más oportuna para
atravesar la puerta y dejarme de tonterías.
A la hora prevista abrí de par en par las dos hojas de la puerta y como anteriormente había hecho siempre atravesé el umbral y volví a mis
obligaciones: cú cú – cú cú – cú cú – cú cú.
Mira papá, dijeron los niños, el reloj que nos regalón la tía Ingrid de Suiza ha vuelto a funcionar que bien y a mí se me escapó una lágrima de emoción que resbaló por mis plumas de madera….