EL TIEMPO QUE NOS ESPERA
Gonzalo Sánchez de Lamadrid | Gonyu

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Él llegaba tarde.

En realidad llegaba a su hora, pero a ella la espera se le estaba haciendo eterna.

Él entraba en una estrecha calle que asciende como una escalinata. Aprovechando un rellano donde la calle se ensancha se ha formado una plazuela. Por las paredes de las casas trepan enredaderas hacia los balcones rebosantes de macetas con margaritas. El aroma floral se mezcla con el olor de la comida casera que sale por las ventanas. En una esquina, el chorro de un manantial cae ni muy fuerte ni muy flojo, sino de la manera justa para crear una música agradable. El sol reflejado sobre las pinturas terrosas de los edificios crea un ambiente cálido y dorado. No sabía en qué parte de la ciudad estaba, ni sabía cómo había llegado hasta allí, pero se alegraba de haber descubierto ese lugar. Aquella plaza le hacía sentir en casa.

Miró detenidamente a cada una de las personas de la plaza y entonces la vio. Ella estaba sentada en la única mesa de la terraza de un minúsculo restaurante familiar, bajo el cartel de ‘Trattoria Lanonna’. Ella le vio acercarse, se levantó y se lanzó a abrazarle. Durante un segundo él pensó que se estaba alargando demasiado, pero era un abrazo cálido y tierno, y se fundió en él.

–¡Mi niño! –Él se sorprendió –¡Te estaba esperando! ¡Cuántas ganas tenía de conocerte!

–¡Yo también! He oído tanto sobre ti. Siento haberte hecho esperar.

–Llegas justo a tiempo.

Él no podía dejar de mirarla, desprendía frescura y vitalidad. Era la mujer más bella que había visto nunca.

–¿Qué hacemos aquí? – Se atrevió a preguntar – ¿Por qué este sitio?

– Este siempre fue mi sueño. – Miró a su alrededor con melancolía. – Viajar a un pequeño pueblo italiano, sentarme en una trattoria y comer hasta desabrocharme la falda, pero la vida tenía otros planes.

–Se te ve tan joven, tan radiante. Las fotos no te hacen justicia.

Ella soltó una carcajada. – Ay, mi niño. Aquí el tiempo funciona diferente, sino mírate a ti. ¡Estás hecho un chavalillo!

Se giró hacia el cristal de la ventana y su reflejo le devolvió la imagen de su yo adolescente.

Esto desató una tormenta en su cerebro: algunos recuerdos le caían nítidos como rayos; otros eran nubarrones negros que le embotaban la cabeza; otros llegaban y se iban como vientos huracanados. Pero solo necesitaba uno para entender lo que pasaba, y ya lo había encontrado.

Recordaba una habitación blanca, aséptica y estar rodeado por su familia y amigos. Todos reunidos contaban anécdotas y cantaban. Sus caras denotaban pena, pero también alivio.

Ella le agarró la cara para consolarle y aprovechó a limpiarle las lágrimas.

–Tranquilo, mi niño.

–¿Has estado esperándome todo este tiempo?

–Claro que sí. Me fui pensando en que nunca conocería a mis nietos, y me prometí recibiros a todos. Ahora te toca a ti esperar a los tuyos, pero no hay ninguna prisa.

Y ahí esperan, abuela y nieto, contándose todo lo que no se habían podido contar. Compartiendo recuerdos que ahora eran de los dos.