1535. EL TOPO
Manuel Ruiz Campaña | Díaz de Privar

Allí estaban, con sus siluetas deformadas por la lente cóncava de la mirilla. Me alarmó la falta de medidas de protección —guantes, mascarillas, distancias…— de los dos agentes, así como la imprudente proximidad a ellos de mi vecina de al lado, esa vieja chismosa.

Con el timbre de la puerta todavía reverberando, decidí hacerme el sordo, pero no pude evitar oír a la vieja: “Está dentro, se lo puedo asegurar, hace un rato salió a aplaudir al balcón. Es el único que aún lo hace”. Enseguida, comenzaron los golpes. Uno de ellos, seco, sordo, una patada sin duda, hizo saltar la cerradura. Lleno de pavor, retrocedí.

En cuanto me vieron, los policías se abalanzaron sobre mí. Para mi sorpresa, no realizaron las acciones propias de una detención, sino que me abrazaron, llenos de afecto y vociferando parabienes. Formamos los tres una piña humana sentida y calurosa en cuyo centro estaba yo, temblando intensamente por el terror al contagio. La vieja tomó carrerilla y de un salto, como el defensa central que llega el último a la celebración de un gol, se encaramó sobre aquella melé improvisada con una agilidad insospechada para su edad. Lloraron.

—Pero, hombre… ¿Es que no ve usted los telediarios? ¿Cuánto tiempo lleva sin salir? ¡Que el confinamiento ha finalizado! — acerté a entender entre aquel torrente de exclamaciones.

En la calle, una multitud gozosa aguardaba, congregada ante el portal. Su ovación estruendosa acompañó mi salida del inmueble, mientras ambos agentes me hacían elevar los brazos en señal involuntaria de triunfo. Detrás, la vecina de al lado vitoreaba mi nombre, acompañándolo de sonoras y rítmicas palmas. Mientras, yo aguantaba la respiración, intentando no inhalar el aire circundante y sin dejar de pensar en el baño caliente y en la montaña de espuma jabonosa en la que pensaba sumergirme en cuanto todo aquello acabara.