430. EL TOQUE FINAL
Laura Virgil Talavera | Virginia Albán

Se estira el delantal y se lo coloca bien, simétrico. Hoy es su primer día.

Son las 14:00, hora punta en el restaurante.

Todos trabajan a un ritmo frenético para dar servicio a los comensales. Están completos.

“Ahora que la pandemia quedó atrás, la gente necesita esto”, le dice otro camarero.

Sea por la razón que sea, lo cierto es que los comensales no paran de llegar y en cocina no hay descanso: 3 ensaladas, 2 consomés, 5 de berenjenas asadas…Uno a uno, los platos se van colocando en la mesa donde, con sumo cuidado, les darán el toque final antes de servirlos.

Después, con precisión extrema, los camareros van cogiendo los platos y sirviéndolos a sus respectivas mesas. Ni un solo fallo está permitido: colocar el plato al comensal equivocado es un error fatal, eso lo tiene claro.

El servicio va transcurriendo con normalidad. Se oye el murmullo habitual del local lleno: la gente habla y disfruta de la comida.

En una mesa, una pareja de mediana edad. Ella está pletórica, no para de sonreír, le brillan los ojos. Qué suerte estar así de enamorada, piensa la camarera.

En otra, un grupo de amigos ríen a carcajadas por la broma que le han gastado a uno de ellos. Es el que más se ríe. Qué suerte tener ese sentido del humor y saber reírse de uno mismo, piensa la camarera.

Continúa barriendo el restaurante con la mirada: otra mesa con otra pareja, esta vez, él mucho mayor que ella, que no para de mirar su móvil, y, en otra, lo que parece una comida de negocios, donde un hombre le está dando a firmar un documento al otro.

Hay una extraña sensación de felicidad compartida, un clima de armonía que casi resulta hasta incómodo, pero ella se sacude y piensa que quizás es siempre así; al fin y al cabo, es su primer día.

Llega el momento de los postres. De nuevo, casi de manera quirúrgica, los camareros sirven los platos.

Ya casi está hecho. Mi primer servicio, piensa ella con satisfacción.

De pronto, se hace el silencio en el restaurante: solo se oyen unos golpes secos, fuertes, seguidos de algunos suspiros y exclamaciones.

Ella, extrañada, se asoma desde la cocina. Un escalofrío le recorre la espalda, no entiende qué está viendo: en cada una de las mesas, solo queda una persona en pie. El resto yacen inertes, unos con la cabeza apoyada en la mesa, otros, tirados en el suelo.

Ella saca corriendo el móvil para llamar a una ambulancia pero una mano le agarra el brazo: ¿Acaso no sabes en qué clase de restaurante trabajas?

De repente, le viene a la memoria una noticia que leyó hace unos meses: restaurantes clandestinos que ofrecen asesinatos limpios y sin rastro. Y recuerda el eslogan del restaurante: “¿Alguien le provoca malas digestiones? ¡Venga a comer con nosotros y saldrá habiéndose quitado ese peso de encima!

Las arcadas le pillan desprevenida y termina vomitando encima de su compañero.