104. EL TORNO
Antonio | WERTOP`s

—Puede que no te lo creas, pero todo sucedió así. Sitúate en el lugar, piensa en la entrada al concierto del grupo AC/DC, abarrotada de gente, y allí, de pronto, una gorda empujando para colarse sin esperar su turno. Más de una hora llevaba yo aguardando de pie para entrar, a pleno sol y con una sed de mil demonios, y, de repente, la gorda, pero gorda de verdad, que me aparta sin ninguna consideración con su rollizo brazo, hasta colocarse delante de mí. Intenté de mil maneras apartarla, pero no conseguí que retrocediera ni un solo milímetro. Para que te hagas una idea, era como si pretendieras mover a un autobús, que está parado en mitad de la calzada, para poder pasar con tu coche.
—Un tanto exagerado me pareces
—Es tal y como te lo cuento. Pero lo glorioso vino unos minutos más tarde. Ponte en mi lugar: un paso por detrás de la gorda, deseando que algo grande le pasase para desahogarme de la furia que había generado contra ella. Ella se movió torpemente, resoplando a cada paso, hasta la entrada. Y de repente, aquello se atascó.
—¿El qué…?
—El torno de paso, con la gorda entre las dos barras sin poder moverse.
—¡No me jodas!
—Empecé a pensar en una venganza fría y calculada.
—¿Y la gorda qué hacía?
—Chillar y chillar, al principio, y después resoplar y sudar al tiempo que seguía chillando cada vez más y más.
—Se montaría la hostia en cristo, ¿no…?
—Unos empujaban de un lado, otros tiraban de otro, y cada brazo y cada pierna de la gorda iba y venía entre grito y grito y resoplido y resoplido.
—¿Y tú, qué…?
—En ese momento llegó mi pequeña venganza. Imagínate que te acercas a la gorda, a la que odias intensamente desde hace unos diez minutos, pero que la odias como si hubiera sido tu enemigo personal durante los últimos diez años. Te aproximas a ella. Miras ese brazo rechoncho y gordo que te clavó sin ninguna consideración en el estómago para que le dejases tu sitio. Te fijas en su cara sudorosa por el esfuerzo, y piensas: «ahora que está inmóvil e indefensa es la mía». Entonces, te arrimas con decisión y, con la disculpa de ayudar, le agarras una teta y la aprietas, o más bien se la estrujas, hasta que ves que su cara se pone más y más roja, y observas que de los ojillos le salen lágrimas de dolor, y cuando ya la tienes totalmente sometida, das un fuerte puntapié al torno que la tiene aprisionada, con la disculpa de que quieres colaborar para su liberación.
—¡Eres un maldito sádico! Y después de eso, ¿qué te pasó?
—Pues que me quedé maravillosamente desahogado, y dando unos pasos atrás, entré por el torno de al lado con aire desafiante, diciéndole con cierto recochineo a la gorda entrometida: «¡Que lo pases bien, titi!»
—Un poco cabroncete sí que eres ¿no?
—¿Y tú qué habrías hecho?