779. EL TRACTOR
JUAN LUIS LORENZO GONZALEZ | JUANLU LORENZO

En 1981, salía de la escuela, tenía 10 años, llegaba a casa y me decía mi madre:
– «Juan Luis, ¿te has comido el bocadillo?».
* Digo: «si».
– ¿Te has bebido el vaso de vino?
* Digo: «si».
– Dice: «pues venga a jugar al frontón.»
El frontón era como el polideportivo donde nos reuníamos los niños. Yo cogía el tractor de mi padre y me iba al frontón. Cuando llegaba allí ya había 10 ó 12 tractores aparcados. Y no era una manifestación de agricultores. Éramos niños haciendo deporte. Era nuestro medio de trasporte, ahora por lo visto van en bici o patinete, ellos se lo pierden. El orgullo que yo sentía al bajarme de mi tractor, solo lo he visto años después en Pedro Sánchez cuando se baja del Falcon. Y yo notaba que cuando merendaba con vino jugaba al fútbol así como con otra soltura. Yo no sé los ciclistas, pero yo fue a esa edad cuando me di cuenta de que doparse mejora claramente el rendimiento deportivo. Es más, comparado con los niños de mi pueblo, los de ahora, con esto del botellón,yo creo que están empezando a beber demasiado tarde. Los estamos sobreprotegiendo.
Uno de los días que bajaba yo al frontón con mi tractor, me paró la guardia civil y me dice:
– «Buenas tardes, le voy a tener que denunciar».
* Digo: «Pues no creo haber cometido ninguna infracción. No me he saltado ningún semáforo, ningún stop.
-Dice: «no, si conduce usted muy bien, pero ¿cuántos años tiene?
* Digo: «10, casi 11.»
– Pues le voy a tener que denunciar por no llevar sillita elevadora. Es obligatoria hasta los 12 años. * Digo: «Qué negligencia por parte de mi padre no colocármela. Apostaría lo que fuera a que tampoco me tiene incluido en el seguro obligatorio como conductor habitual menor de 26 años.»
Un día llaman a casa del colegio que había que ir a hablar con el maestro. Dice mi padre:
-«Juan, ¿dónde está la escuela?».
*Digo: papá, ¿ves aquel edificio saliendo del pueblo con muchas ventanas y lleno de niños jugando en el patio? Pues ese es.
– Dice mi padre: «Ya me parecía a mí raro que ahí viviera tanta gente».
Otra cosa que hacíamos los niños en las noches de verano era robar melones y sandías en los melonares. Y siempre teníamos a la guardia civil siguiendo nuestros talones. Para remediarlo, un día invité a merendar a un hijo de un guardia a mi casa y como del alcohol han salido grandes amistades, ese día se convirtió en mi mejor amigo. Y ya nunca faltó infiltrado en nuestras escapadas nocturnas un hijo de un guardia como salvoconducto. Teníamos inmunidad como los políticos, éramos los Puigdemonts del pueblo, intocables.