EL TRAJE DESNUDO
ELISA MONTOYA SANTOS | FRESNO GUITIÁN

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EL TRAJE DESNUDO



El traje salió a la calle ajeno a las miradas. Se sentía mejor que nunca, feliz, grácil y fragante, como si el mundo ya no le pesara. Se trataba de una coqueta americana azul con corbata gris y bombín, unos pantalones perfectamente planchados y unos zapatos negros de suela que crepitaban sobre la acera.

Fue un vestido fucsia, a juego con unas medias que escondían gruesas piernas de mujer, la que dio la voz de alarma.

—¡Pero si va desnudo!

Un esmoquin del que asomaba un rostro juvenil, un frac que tapaba a un sonriente recién casado, un abrigo de piel que sostenía un cuerpo de señora, cinco chándales rellenos de jóvenes del polideportivo colindante, seis vaqueros embuchados por hombres y mujeres que pasaban por ahí, dos chaquetas de lana que habían absorbido esa mañana a sendas ancianas, siete forros polares con cuarentones incrustados, tres plumíferos que habían fagocitado a chavales del instituto y cinco chalecos acolchados de los que asomaban rostros con pelo rizado y engominado se giraron bruscamente y acompañaron al vestido fucsia levantando las mangas de donde emergían dedos acusadores.

El traje se palpó las piernas vacías, el desaparecido abdomen y el intuido cuello, hasta llegar a la cara. Tentó en vano el hueco entre la corbata y el bombín, y, vencido por el pudor, se desmoronó.