EL TRUCO DEL ESPEJO
VICTOR MIGUEL AGUILAR JUNCO | VictorMysteriis

Apoyado sobre el marco de la ventana, el Detective Mason miraba al exterior buscando un momento de reflexión.
– ¿Tiene algún indicio del paradero de mi hijo? inquirió el Sr. Montaigne
El detective Mason se giró. – Déjeme decirle que dentro de poco averiguaremos tanto el paradero de su hijo como el de su raptor. Ya que ambos, siguen aquí con nosotros. Sr. Montaigne, ¿sabía usted de la afición de su hijo por los libros?
El Sr. Montaigne contestó perplejo. – Sí, William apenas tenía amigos y prácticamente se pasaba todo el día sentado en esa esquina, señalando una pequeña silla al lado de la biblioteca del salón, en donde dos enormes librerías de época atestaban una gran cantidad de tomos viejos que estaban cubiertos en su mayoría por una capa de polvo.
– Son una herencia familiar, son bastante antiguos y muy caros, no dejo que nadie los toque -.
El Detective se había parado en una zona concreta de una de las librerías y sacó uno de los tomos más antiguo revisándolo con avidez.
– Sr. Montaigne con los libros pasa como con la propia vida, hay conocimientos que es mejor no llegar a saber nunca, y me temo que su hijo es un chico demasiado curioso para su edad, además de que usted tiene aquí las herramientas necesarias para satisfacérsela. Por qué no va al cuarto del chico, si busca bien deberán encontrar unas páginas viejas escondidas por algún lugar. A los pocos minutos, el Sr. Montaigne apareció con una serie de dibujos y textos que formaban una especie de ritual.
El Detective empezó a dar una serie de instrucciones rápidas y precisas a cada uno de los miembros que se encontraban en la habitación. De forma que, tras colocar un enorme espejo vertical en una zona concreta del salón, correr las cortinas y encender los candelabros colocándolos en puntos estratégicos, pareció quedarse satisfecho.
Seguidamente, el detective cogió uno de los candelabros y derramó la cera consumida por las velas sobre el suelo de la habitación. Ésta, no tardo un instante en recorrer las betas de la madera formando rápidamente un sello exactamente igual al que había en las páginas encontradas.
– El detective dejó el candelabro en el suelo y dijo – créanme es ahora cuando viene el truco -, e inmediatamente se puso a relatar un verso del pasaje del libro. No hubo terminado cuando de repente las pequeñas llamas de las velas fueron absorbidas por el propio sello, y de él salió una tremenda luz disparada hacia el espejo, éste a su vez, la reflejó en un lugar específico del techo.
Como si se tratase de un portal que conectaba dos planos de diferentes mundos, podía verse al pequeño hijo de los Montaigne, agarrado por una entidad de terrible oscuridad.
El Sr. Montaigne, tartamudeaba, – Mason, es mi hijo y está…… Intentado ayudarlo, el detective le interrumpió, – en efecto, le dije que tanto el chico como su raptor seguían aquí con nosotros.