EL ÚLTIMO MOMENTO
ESTHER GRIÑÓ VERDE | Esther Griñó

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Aunque intentaba abrir los ojos con las pocas fuerzas que le quedaban, a la dulce Aurora le era del todo imposible. Escuchaba los pasos silenciosos hasta llegar a su lado y notaba como le cogían la mano, esa vieja y delicada mano ahora cansada sin poder levantarla. Sentía los besos que le daban como si fueran diminutos y suaves toques en el rostro, tanto en la frente como en las mejillas, pero lo que más percibía eran esos susurros, pequeños soplos de aire que a veces rompían el silencio de la habitación y las palabras que ella sabía perfectamente que iban a dirigidas a su persona. Era entonces cuando más ansiaba responder con algún sonido o con un leve movimiento para que supieran que les estaba escuchando, contestarles a todos los que iban dejando en palabras algún recuerdo, un simple “te quiero” e incluso alguna disculpa.

Era bonito saber lo que pensaban de ella, lo mucho que la querían y que realmente la echarían de menos. A sus casi ochenta años dejaba dos hijos y cuatro nietos a los que amaba con locura pero el momento de reunirse con su esposo, el amor de su vida, había llegado. Sí que pensaba que aún era joven para esa cita, que aún podía batallar en esta vida un poco más, pero la dura enfermedad y su fuerte tratamiento habían acabado con sus ganas de luchar y lo único que ansiaba era que acabara su agonía y poder descansar en paz. Atrás quedarían las tardes en el parque con sus nietos, los amaneceres que veía desde su balcón cuando no podía dormir, el placer de esas buenas comidas en sus restaurantes favoritos o sencillamente el gusto de leer un buen libro o ver una gran película.

Se iba tranquila, con el gusto y la satisfacción de haber sido una buena persona. Ese era el valor más importante que les dejaba a sus seres queridos, más que cualquier legado económico o material. Su educación, sus sabios consejos, su predisposición por ayudar a los demás y sobretodo su amor, eran las cualidades que se quedarían en este mundo para siempre.

Muchas veces había pensado en ese momento, a veces con miedo y otras con el respeto que le causaba ese viaje a lo desconocido y ahora que se iba a encontrar con ella, esa fría esencia de la que todo el mundo piensa pero nadie quiere tener a su lado, y solo deseaba que fuera tan manso como permanecer flotando en el agua en puro silencio, tan solo con el vaivén de las olas y escuchando su tranquila respiración.

Por lo que parecía ya llegaba la hora. Los llantos ahogados se escuchaban como ecos cada vez más lejos y llegaba una luz que le conduciría a ella que le estaba esperando para llevarla junto a su Antonio. Ahí estaba su encuentro, una primera y última cita que todos llegaremos a tener.