El último olvido del Dr. Augusto Rabinovich Gregory
Sergio Rivera Pagán | Dopa

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Seguramente, todo hubiera sido más fácil si el amor que le tenía hubiera muerto con ella aquel día cálido de primavera. Pero no fue así. Después del choque, el amor que sentía el Dr. Augusto Rabinovich Gregory por su esposa, Ariadna Santamaría del Pilar, creció. Igualmente creció el duelo. (La ley del duelo es la inversa de la ley de gravedad: mientras más alejados estén los cuerpos, más fuerte será la atracción: más fuerte el dolor.)

El Dr. Gregory era físico, químico, neurólogo y—cuando se necesitaba—neurocirujano. Se obsesionó con la idea—con la certeza—de que Ariadna sobrevivía. Si consideraba al tiempo como una película—una secuencia de fotografías vistas en sucesión—Ariadna existiría por siempre en algún fotograma del celuloide eterno del universo. Esto no le daba mucho consuelo. Sin embargo, si se consideraba a la vida como un fenómeno cerebral—como una manifestación puramente neurológica—y a la memoria como la base fundamental de ese fenómeno, entonces Ariadna, existiría hasta el último olvido del doctor. No es una sentimentalidad decir que cargamos a nuestros seres queridos dentro de nosotros: la memoria es una condición física. Ariadna vivía en sus neuronas. La pregunta: ¿Cómo podía el doctor acompañarla?

El problema principal era que las memorias siempre están irrevocablemente manchadas por nostalgia. No era suficiente recordar: tenía que habitar en su memoria.

Ahorrándonos los detalles, bastará con decir que la neurociencia requerida ya existía: identificar mapas neuronales involucrados en memorias específicas; activarlos artificialmente. Lo novedoso—lo que le tomó 23 años al doctor—fue integrarlo y aplicarlo de una forma tan inmersiva. Cuando terminó—dos décadas, cientos de ratas y un puñado de cadáveres humanos (que sirvieron de conejillos de india) después—el Dr. Rabinovich Gregory tenía una red telarañosa de cables implantada en su cerebro y organismo. Era más cobre que carne y vivía, en su totalidad, dentro de las memorias que tenía de Ariadna, en un bucle eterno.

Así vivió por mucho tiempo, pero al final la biología se impuso. Se desgastaron las conexiones neuronales de las cuales dependía su realidad. Lentamente, el bucle se acortaba. La vida del doctor se reducía a los recuerdos más marcados. Finalmente, llegó a la última memoria y la revivió una y otra vez, cada reiteración más borrosa que la anterior.

La memoria es de su primera cita: Una mujer entra al restaurante. Gregory asume que es Ariadna. Lo es. Se presentan. Toman asiento. Es hermosa. Más de lo que pensaba. Piden copas, comida. Rien la cena entera. Postre. Caminan por el Retiro, bajo la noche estrellada. Se hace valiente, le agarra la mano. Un beso en cada farola. No se sueltan la mano.

Una mujer entra al restaurante. Comen. Caminan por El Retiro. (No recuerda de qué hablaron. Solo lo que sintió) Hay luz de luna. Besos bajo farolas. Mano entre mano.

Cena con mujer hermosa. Retiro. Un Beso. Dos manos.

Ariadna. Beso. Mano.

Ariadna……

Y así acabó la vida del Dr. Augusto Rabinovich Gregory: en una memoria sin color, ni olor, ni sonido. Solo una sensación: su mano en la de ella.



FIN