EL ÚLTIMO TAMBIÉN SIGNIFICA UN NUEVO PRIMERO
Catuxa Negreira Cousillas | Catu Cousi

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Suenan unas llaves tintineando de fondo. Se mezclan con el sonido de la campana extractora, la cual se lleva parte del aroma a tortilla que busca impregnar la casa. Poco a poco, estos pequeños utensilios metálicos van ganando fuerza hasta que consiguen el papel protagonista. Apoyadas en la cerradura, logran que toda mi atención se dirija hacia ese punto que separa el hogar, lo conocido, del exterior.

Tras un último chasquido, la puerta cede y, tras ella, aparece una cara conocida aunque intermitente en el tiempo. La de papá. Normalmente le acompaña una pequeña bolsa de viaje, aunque hoy no es el caso. Quizás esta vez se quede más días. Se lo preguntaré más tarde. Ahora es el momento de acercarme y saludarlo. Creo que no es un saludo al uso, pero es el único que conozco.

La cara de papá se coloca a una altura asequible para mi estatura. Es entonces cuando comienza la coreografía. Primero, un beso en la mejilla. Como resultado de este primer paso, mis labios quedan algo doloridos al chocar contra una capa de barba recién nacida. El segundo movimiento es un abrazo breve que suena a roce de prendas, las cuales hacen más tangible el antagonismo entre fuera y dentro. Por último, mi mano derecha se posa en el lado izquierdo de la cara de papá y nota de nuevo esos pequeños pinchazos de la barba mientras recorre su otra mejilla.

Beso, abrazo, caricia. Este gesto aprendido e interiorizado que dice “hola papá, al fin has vuelto”. Suena a “te quiero” desde el silencio de la garganta.

El viernes termina y da paso a un sábado que desemboca en domingo. Y, cuando creo que es el momento de comenzar el baile de nuevo, llega el lunes.

Todavía no lo sé, pero aquel viernes será el último que le demuestre un “te quiero”. Y éste, a su vez, hará que haya un nuevo primero en el que nazca otra manera de decírselo.