89. EL UROGALLO
EDUARDO ANDRÉS SALVAGO LÓPEZ | Grumete

Ser profesor de universidad significa ejercer una profesión digna. También rentable. Por eso llevo siempre mi cabeza alta. Como hace el urogallo, que muestra, soberbio, su pecho enrojecido. Pero los seres dignos también somos vulnerables.
Estoy con mis alumnos en el partido de baloncesto. Es una ocasión para que este urogallo se pavonee. Que muestre otros rasgos añadidos que destaquen aún más su excelencia. Juego muy bien a este deporte. Llevo ropa deportiva. Es colorida y se ciñe a mi torso. Resalta también mis atributos.
Pero, Dios mío, me duele la barriga. No puedo evitar la salida de algunos gases. Huele mal. Hay un vacío humano a mi alrededor. Debo escapar.
—Chicos, debo hacer una llamada. Ahora vengo —anuncio en voz alta mientras troto con prisa secreta.
Es la primera vez que acudo a este campus. No sé dónde están los baños. Exploro caminos desconocidos, bajo cuestas, subo peldaños. Me duele el estómago. Albergo un monstruo en mi interior ansioso por salir. Yo deseo dar a luz.
No encuentro los baños. Noto calor. Las gotas de sudor resbalan por mi frente.
¡Ahí están!, ¿estará ocupado? Llamo a la puerta. No contesta nadie. Entro. Hay un lavabo y otra puerta que da a un cuarto ínfimo con un retrete. Entro y cierro.
Todo el mundo evacúa aquí. Me da asco, así que opto por una estrategia que aprendí en la mili. Levanto las tapas y me subo encima. Apoyo mis pies en el borde cerámico e intento guardar el equilibrio. ¡Voy a poder hacerlo!
Alguien abre la otra puerta y golpea la mía. Se queda al otro lado. Esperando. Me esfuerzo en controlar mi esfínter. Muero de pensar que, tras mi puerta, alguien sabe quién soy. Que va a escuchar ventosidades rotundas. Sibilantes. La taza se mueve. No está fijada al suelo. Escapan flatulencias. El monstruo me abandona. Vacío mi cuerpo en un instante glorioso y trascendental, porque siento una dicha comparable a placeres más espirituales, como escuchar música o degustar un buen vino. De pronto, pierdo el equilibrio, la taza se escora y golpea el suelo emitiendo un ruido fuerte y sordo. Se rompe en cuatro o cinco pedazos enormes. El momento místico desaparece.
Soy un pollo mojado sobre litros de agua derramada, excrementos y ruinas.
Llaman a la puerta. Me siento tan dentro del pozo, creo tan imposible de salir de él, que cierro los ojos y sonrío en silencio.
Suena la otra puerta. El pesado que insistía con los nudillos debe de haberse ido. Me subo los pantalones mojados y entorno la puerta. No hay nadie. Me lavo las manos. Un gesto insuficiente para borrar tanto asco.
El camino de vuelta a las pistas ahora me resulta familiar. En ese espacio temporal que supone el trayecto desde el váter accidentado hasta el campo de deportes intento recuperar mi dignidad escapada.
Saludo. El urogallo vuelve con los de su equipo. Nada ha pasado.
Pero algunos ríen. Otros se tapan la cara.
Creo que parte del incidente se aferra aún a mis pantalones.