942. EL VATE BÁRBARO
DOMINGO LOPEZ HUMANES | THELONIUS LIBA

EL VATE BÁRBARO

Regresaba ufano de presentar en el local de la Asociación Cultural de Viudas Cultivadas los ocho tomos encuadernados en piel de vacuno ibérico de sus bucólicas y pomposas obras completas, conduciendo precavidamente su viejo utilitario, oyendo la predicción meteorológica en la radio, cuando notó que algunos vocablos sugerentes y varias rimas melodiosas empezaban a hacerle cosquillas dentro de su testa de bardo laureado con todas las flores naturales del terruño literario. A pesar de sus muchos años de maestría y dedicación de rapsoda sin remedio, no pudo evitar la instantánea e inevitable emoción y detuvo el coche en el arcén de aquella solitaria carretera comarcal, abrió la guantera, sacó apresurado un cuaderno escolar y un lápiz que siempre, previsor, llevaba para tales trances sublimes y tras persignarse y encomendarse a San Juan de la Cruz, patrono de los poetas preclaros, se dispuso a anotar toda la lírica genuina que las musas, con su siempre inestimable colaboración, amagaban por regurgitar. Estuvo quieto y tenso dos, seis, diez minutos abismado en su expectación, oyendo la lluvia golpeando la carrocería y unos inoportunos y latosos consejos publicitarios en la emisora, esperando la arcada y posterior desembuche de la inmortal poética. A la media hora y ante la evidente falta de respuesta creativa, comenzó a impacientarse, a sopesar la idea de que todo había sido una falsa alarma, producto quizás del impetuoso deseo procreador del fecundo numen. Y estaba por retornar con resignación la libreta a su sitio cuando empezó a muequear como un pez fuera del agua y, de pronto, regurgitó un tremendo fluido de silabas, endecasílabos y cultismos enriquecedores, cual sublime y formidable ola que anegó todo el habitáculo del Seiscientos, empapó la inmaculada tapicería, estropeó las casetes de fandangos de Perlita de Huelva, lo convirtió a ojos de cualquier lego en sensibilidades letradas en un calvo patético ahogándose, manoteando, tratando de abrir la portezuela para salir por fin impelido por el prodigioso flujo de su incontinente don versificador…
– ¡Dios bendito! – dijo sofocado, sentado perniabierto en el asfalto, con un esbozo de soneto sobre la cabeza a modo de pulpo espatarrado de tebeo.
Alrededor suya vio regadas los vocablos primorosos, algunos diptongos, varios verbos desusados…
– Vaya… ha sido un aborto del estro – se dijo, perplejo, levantándose no fuera a venir la Guardia Civil de Tráfico y lo multara por majareta.
Y arrancó el coche de nuevo y, sonriendo bobalicón, siguió el camino hacia su hogar de solterón murrio y apocado mientras se consolaba pensando que la erupción del Krakatoa, por ejemplo, al lado de aquel insuperable y malogrado tsunami de inspiración hubiera sido como reventar un grano de pus y, además, con sus obras completas ya pulcramente impresas y debidamente alabadas ¿qué hubiera hecho ahora tras alumbrar, quizás, el mejor poema de su vida?