686. EL VECINO JUAN
Tana Espín Valera | Álvaro

«¡Nada! Que no consigo salir a tiempo para aplaudir. Hoy… eso no va a pasar», pensé. Y antes de las ocho de la noche ya estaba en la calle, pero desde mi balcón. Aún faltaban cinco minutos (había salido a menos diez) y yo estaba helada de frío. Podía haber entrado a la vivienda y coger una chaqueta, pero temía entretenerme.
Era finales de marzo y hacía un fino viento gélido, mas el suelo brillaba por la lluvia recién caída. Observando este vacío, silencio, inmovilidad cuando apareció por una de las cuatro esquinas de nuestros pisos los cuales abrazan, en forma cuadrada, el frondoso parque que es el orgullo de todos los vecinos. Caminaba como paseando, con las manos metidas en los bolsillos sintiéndose único en el mundo; pero satisfecho de ello pues caminaba con cierta altivez, y cierta sonrisa. Y… ¡sufffff…!, ¡al suelo! Como creía que nadie le divisaba, se levantó tranquilamente, se sacudió los pantalones, asimismo la parte trasera, y siguió su lento paseo (sin perro y sin bolsas de la compra). Entré a la habitación para que no oyera mis carcajadas en aquel silencio. Salí enseguida. Tenía que indagar; no estaba permitido salir de nuestras casas.
Cuando me pude contener, salí, de nuevo al balcón y los busqué, inquieta, con la mirada. No lo veía por ningún lado y es que pasaba, en ese preciso momento, por debajo de mi balcón (vivo en un primero). «¡Pero si es el vecino Juan!», exclamé para dentro. Se dirigía a su portal (contiguo al mío). De repente hizo un giro y se introdujo en el denso, verde y cuidado parque, «¿Qué irá a hacer?», me pregunté con intensa intriga «¿Y más con la noche tan fría y húmeda?». Me pregunté con ojos rabiosos. Oí un chorrito que salía de detrás de un matorral e, inmediatamente…, ¡dieron las ocho!
Salieron al balcón mis tres hijos y mi marido; y de todos los balcones del vecindario más hijos de otras familias, maridos, esposas, abuelas, el perro… a aplaudir o a ladrar. Y no solo eso, sino que se oyó una canción del Dúo Dinámico que llenó el parque, más alguna bocina; gritos entusiastas de agradecimiento que decían: «¡Vivan los sanitarios, vivan los sanitarios, vivan los…!».
¡Qué cambio de ambiente: de silencioso, en cuestión de segundos, paso a ser una gran fiesta con canciones que salían de un aparato, gritos, aplausos, ladridos…! De pronto se oyó una voz muy fuerte, con cierto aire de guasa, que mientras hacía sonidos con las manos, dijo: «¡Y mi aplauso va para Juan que está orinando encima del baladre de flores fucsia!».
Como Juan estaba rodeado de ojos, estos se dirigieron al baladre y todos los aplausos se hicieron más intensos mientras se cambió la letra dirigida a los valientes y salvadores sanitarios por: «¡Tú sí que vales. Tú sí que vales. Tú sí que…!».
Y él que pensaba que estaba solo en el mundo. Sin embargo, el mundo le aplaudía.
Álvaro