871. EL VENTORRILLO
JOSÉ SOSA ACOSTA | YAIERI

EL VENTORRILLO

En la plaza, a las 12:01 de la mañana el sol estaba en su apogeo, arreciando el calor a cada minuto que pasaba, estrujando las cabezas y espaldas de los que allí estábamos, creando esa escarcha tóxica natural y mal oliente que generaba nuestros cuerpos entre ropajes de calle para domingos. A más inri , la gorra que llevaba puesta, negra y visera de plástico, recalentaba la sesera más que protegerla. Pero era la fiesta, y un pequeño derretido corporal valía la pena para disfrutar del espectáculo.
Por fin la soltaron, apareció escuálida, tizona pero con esos cuernos de a metro que impresionaban. Menos mal que las puntas fueron limadas para evitar el pinchazo, solo sería el golpe seco contra quien se atrevía a importunarla. Únicamente las personas intrépidas hacían el amago de pisar la arena, la mayoría volvían tras las tablas, aunque bien pensado vale más cobarde vivo que valiente muerto. Aunque fuera por dignidad interesaba evitarlo, pues un revolcón sería el gozo de la plebe, eran tiempos en que hacer el ridículo quedaría en boca del pueblo durante todo el año, hasta que asumiera el San Benito otro incauto.
No era fácil cruzar la plaza hasta el pedestal donde se alzaba el ventorrillo del aguardiente , como meta de los afortunados que conseguían llegar batiendo el reto, justo en el medio del círculo.
Al poco, casi pegado a las tablas del lado en la grada donde me encontraba sucedió algo inaudito, la vaquilla resoplaba embistiendo de forma reiterada contra aquel bulto humano y, aunque le derribó en su primera aproximación, no conseguía que soltara lo que, con tanto ímpetu, sujetaba en alto su mano derecha. Ahora todo era atención hacia ese sector. Trescientos pares de ojos, más uno teniendo en cuenta que también se hallaba el tuerto del estanco, estaban enfocando la escena. Exclamaciones de vítores o de pavor, ambas se solapaban, entonaron de forma histérica el himno de la emoción.
Yo era más de impresionarme , muequeando la faz ante lo que sucedía. Aunque parecía indemne, varios embistes se llevó el muchacho. Creo que la anestesia alcohólica que lucía aquél, ostensible a la vista de sus trompicones previos, amainaba el efecto de los golpes , permitiéndole la concentración y empeño necesarios para seguir manteniendo su tesoro como un trofeo. Aquellos segundos de dedicación exclusiva parecieron una eternidad, hasta que finalmente el animal retornó ante nueva distracción desde otro enclave, dejando levantarse al ya héroe con su mano aún asida a aquel objeto que destellaba reflejos en varias direcciones. Finalmente lo consiguió, pude ver de qué se trataba, aquella botella de coñac, aun a medio vaciar, conseguía mantenerse intacta con el valioso elixir que tanto trabajo costó mantenerlo para mejor uso en el gaznate y, seguramente en la pretensión de ultimarlo mientras cruzaba, con la esperanza de rellenarlo del premio subido en grados que se hallaba en el ansiado puesto que se alzaba retando a los/as valientes.