El viaje
Jose María Ojeda Rey | Che Ojeda

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Acaba de comenzar la primavera. Hace un día espléndidamente caluroso después de las últimas lluvias del invierno. Álex, Martina y Nerea se hayan en los últimos momentos antes del atardecer en la zona alta de un parque donde se encuentra un mirador. Ante ellos, una gran parte de la ciudad creando un mar de tejados uniformes bajo sus pies. El tráfico es rápido y constante. Pipas y cervezas de lata son su tentempié. Los tres están en pleno silencio, pensativos, dejando que las cáscaras de las semillas rompiéndose bajo la presión de sus dientes inunden la atmósfera. De pronto, Álex, sin apartar la vista del horizonte comenta:



—¿Os acordáis de cuando fuimos en la escuela a aquella excursión a la granja escuela en la que me atacó un cerdo?

—Eso nunca pasó. —Contesta Martina claramente extrañada.

—Anda que no, fui a tocarlo y me mordió un brazo. ¿Tú te acuerdas, Nerea?

—No me suena.

—Que sí, que tú te tuviste que poner la inyección de la alergia por primera vez porque te pusieron nueces en la comida.

—No me suena. —Repite Nerea.

—Eso fue cuando salimos la primera vez de fiesta. ¿Cómo se llamaba esta discoteca…? Sí, joder. La que era un truño.

—¿Zoo?

—Esa, Zoo. Siempre diré que el nombre representaba perfectamente lo que había ahí dentro. Había un chico que le gustaba a ella hablándole. Él le ofreció unos frutos secos de la barra y la muy empanada se los metió en la boca sin pensárselo ni mirar cuáles eran. Qué risa cuando el otro quería irse por patas al verle la cara hinchada como un pez globo.

—Cosas que pasan. —Aporta Nerea—. Al menos no fue tan asqueroso como lo tuyo en el primer viaje a París.

—¿Dices lo de…?

—No, callaros, qué asco. —Exige Martina.

—Tía, es que vaya tela. Yo hasta entonces no sabía que el vértigo podía hacerte vomitar. ¿Para qué te subes a la Torre Eiffel si sabías que te ibas a poner mala?

—Porque es lo tipo, coño. No me iba a quedar abajo sola.

—Y justo tuviste que echarlo todo encima del hombre mayor calvo que se estaba atando los cordones…

—¡Vale ya! ¡Para!

—Corta, corta. Que le va a dar algo. —Avisa Álex.



Un pesado silencio embarga de nuevo el ambiente.



—Es raro, ¿no? Que esto se vaya a acabar. Nos vamos a separar por primera vez. —Dice Álex tembloroso.

—Qué dramático, hijo. —Afirma Martina con hastío—. No se va a acabar.

—¿Segura? —Añade Nerea—. Cada uno nos vamos a una punta del mundo por trabajo. estudios o familia.

—Algún día tenía que pasar… —Asume Álex en voz alta—. ¿Hicimos al final ese viaje?

—¿Qué viaje? —pregunta Nerea perdida.

—Ese que planeábamos de despedida en coche por medio país. Nuestra ruta 66. —Aclara él.

—Ah, ese… —Susurra Martina al aire que va descendiendo su temperatura.

—¿Eso es un sí? —Duda su amigo.



El día oscurece rápidamente y, en un abrir y cerrar de ojos, después del potente eco del sonido de un coche derrapando, Álex aparece ante las tumbas de sus dos amigas.



—Seguiremos juntos. —Susurra para sí mismo.