181. EL VIAJE
RAQUEL CORRALES UCAR | Kela

– ¿Qué le dice un email a un archivo, cuando están enfadados?
– No sé, ¿qué le dice?
– Ya no te “adjunto».
– Madre mía Roberto, que chiste más malo. ¿Has revisado la caldera?
– Si. He cerrado la llave.
– ¿Hemos subido el toldo? Lo habrás atado a la barandilla para que no vuele ¿no?
– Joder, que sí.
– ¿Y las plantas? ¿las he metido dentro? ¡Ah sí! Ahora recuerdo.
– ¡Madre mía que viajecito me espera!
– Oye, ¿tu madre no esperará que le llevemos aquellas cazuelas que nos prestó? Porque claro del uso se han estropeado. Igual paramos un momento en el Carrefour y le compramos unas nuevas, ¿te parece?
– Matilda, hemos salido con una hora de retraso porque te tenías que hacer esos rulos en el pelo, y ¿ahora pretendes que paremos? Que estamos a seis horas del pueblo.
– Sólo será un momento. Fijo que me lo recuerda y no quiero discusiones.
Quita el cierre automático cariño que no consigo salir. Esta puerta cada vez está peor de verdad.
– ¡Y dale! Si pulsas a la vez que le doy yo, se bloquea, ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
– Venga, abro a la de tres. Una, dos.
– ¡Mierda Matilda! A este paso no llegamos ni en dos días.
– Es que no he dicho tres. Te has adelantado.
– Tres.
– Uff.. Estate quieta. Te abriré por fuera.
– Bueno, pues venga, cojo las cazuelas y nos vemos en el coche de nuevo.
– Si. Lo que tú digas. ¡Ligerito!

– Pues no voy a pagar y me salta la cajera que solo con dinero. Se le había estropeado el datáfono.
– Y por eso has tardado veinte minutos de reloj ¿verdad? Es imposible tardar tanto en coger unas puñeteras cazuelas Matilda.
– Roberto te juro que no llevaba dinero en metálico. He tenido que ir a la siguiente caja y había muchísima fila. Encima la señora que estaba delante de mí, se había olvidado de coger una docena de huevos y ahí nos ha tenido esperando como tontos.
– Venga, sube.
– A la de tres, ¿no?
– No. Ya he abierto despistadita.

– Ahora tendremos que aguantar a las golfas de mis hermanas unos días.
– Si, menudas arpías tus hermanastras.
– No las llames así Matilda. Son mis hermanas.
– Pues eso, hermanastras. Porque ya me dirás tu a mí en los que te pareces a ellas. ¡En nada!
– ¿Y tú a las tuyas?
– Al menos yo me llevo bien con ellas. Se puede decir que somos una familia. Pero tú, por mucho que te fastidie, no puedes decir lo mismo. Si no fuera por tu madre…….
– Ahora me vas a hablar de armonía familiar, manda huevos.
– Cierra bien la puerta que se oye el aire. Está mal cerrada.
– Ya le he dado al bloqueo. No toques.
– Mira ¿sabes qué te digo?
– Sorpréndeme.
– Que ya no te “adjunto”.