938. EL VIEJO TRUCO DEL ACELERÓN
José Seral Arespacochaga | Seralnónimo

7:48 h de la mañana.
Transbordo de Avenida de América.

Bajo a paso lento y despreocupado camino del andén del metro.

Me precede la muchedumbre.

Se hunde el último escalón y, al pisar tierra, cambio de ritmo repentinamente y doblo la esquina con una imponente arrancada, esfumándome de un plumazo.

Mis seguidores presencian la escena.

Acción-Reacción.

Inmediatamente, tres de ellos aceleran la marcha y, en cuestión de segundos, se ven inmersos en un exigente descenso por las escaleras mecánicas.
Tres completos desconocidos alterando el orden natural de sus vidas para medirse a capa y espada con dos extraños implicados.

No escatiman en esfuerzos.

Van sorteando de forma poco ortodoxa al resto de viandantes, haciendo del impacto de sus pies sobre el acero un estruendoso redoble de tambores que refleja a la perfección la tensión del duelo.

Tras el descenso, viran a izquierda como marcan los límites del recorrido y encaran la recta final entre jadeos.

El último sprint es absolutamente apoteósico: en un ejercicio de fe pocas veces visto antes, los tres miembros de ese selecto grupo de entusiastas cogen aire, despliegan su zancada, y explotan al unísono la capacidad de todos y cada uno de sus músculos hasta llevarlos al límite de lo inhumano, poniendo su integridad física en manos del destino. Hasta que al fin, tras tanto sufrimiento, desnudos ante el mundo y al borde de la extenuación, vislumbran la ansiada meta, y cuando van a palparla…

No está.
El metro no está.
No había estado en ningún momento.

Solo estoy yo, sentado en un banco del andén disfrutando de tan generoso espectáculo, y brindando a esos fenómenos el aplauso que merece semejante exhibición de virtudes.

Sus caras son un poema.

La finalidad real de su titánico esfuerzo no había sido otra que la de amenizar mi espera y entretener a todos los allí presentes.

El público reconoce la entrega y jalea a los desinteresados protagonistas, cuyos rostros se debaten entre el sofoco y la ira. Esta heterogénea mezcla de sentimientos se traduce de puertas para fuera en un extraño mejunje de gestos faciales incomprensible. El cansancio no les permite expresar su indignación con claridad, lo que hace aún más ridícula su ya deteriorada imagen.

Llegados a este triste punto, y desprovistos de armas suficientes para revertir la lamentable situación que están protagonizando, casi parece más digno asumir su papel de payasos y disfrutar del irónico reconocimiento del gentío, que seguir dando motivos a la comedia para sacar tajada de su estupidez.

Sus cuerpos yacen postrados sobre el suelo.
El público en pie.

No alcanzaron el metro. Pero sí una recompensa mucho mayor:
la ovación de todo un andén.

El viejo truco del acelerón había vuelto a funcionar; tenía a esos pobres títeres bailando sobre mi palma.

S.