1219. ELABUELO Y EL ARROZ
María Begoña García Quintás | LEONINA GÜINTAS PICAS

Me cuenta una MuyBuenaAmiga que no para de ir a bodas con su actual pareja. Entre los muchos casamientos hay uno que le ha resultado especialmente entrañable: la boda de uno de los hermanos de su novio (creo que ya se le puede llamar así). Era el primer hermano que se casaba y lógicamente los preparativos trajeron de cabeza a toda la familia. Además, no se celebraba en el pueblo, sino en la ciudad. El abuelo del novio, hombre de avanzada edad, manifestó desde el principio el deseo de no ir a la boda por tener que desplazarse en el autobús (hecho muy común en las bodas cuando tienes que trasladar casi a un pueblo entero). El hermano menor del novio convenció al abuelo para asistir. Llegó el día y como era de esperar los nervios en la casa del novio campaban a sus anchas. Cuando por fin pusieron rumbo al enlace, en el coche iban montados el abuelo, mi MuyBuenaAmiga y su novio. A la salida del pueblo se dieron cuenta de que se habían dejado el arroz en casa por lo que regresaron. Solucionado este imprevisto y ya con demora, emprendieron rumbo a la ciudad. Al llegar a ella, el abuelo manifestó la necesidad urgente de ir al servicio por lo que su nieto se vio obligado a parar en un sitio imprevisto. Asimismo, el novio de mi MuyBuenaAmiga confesó que no sabía exactamente dónde era el enlace. Ella salió del coche dispuesta a ir con el abuelo, mientras su chico indagaba sobre el lugar del casamiento. Una vez que el coche partió, el abuelo se negó a hacer sus necesidades detrás de unos contenedores de basura y echó a andar hacia un bar que había a lo lejos. A mi MuyBuenaAmiga no le gustó esta decisión por tres motivos: la lentitud del abuelo al caminar, el poco tiempo que restaba para el comienzo de la ceremonia y el haber olvidado su bolso en el coche. No obstante, no le quedó más elección que acompañar al anciano. Tardaron bastante. Casi llegando de vuelta al punto en que les había dejado su chico, vieron los dos alejarse a este cual alma que llevaba el diablo. Mi MuyBuenaAmiga, subida en sus “stilettos”, soltó al abuelo y echó a correr tras el coche que quemaba rueda. Fue en vano. Así pues, recogió al abuelo tras los contenedores y se colocaron delante de estos al lado de unos adolescentes que miraban asombrados a la extraña pareja. Ella, salida del “Vogue”, con un kilo de arroz en la mano y diciendo auténticas barbaridades de su chico, y el abuelo, tranquilizándola y diciéndole que su nieto era un poco despistado, pero que seguro que se daba cuenta de que los había dejado allí y volvería. A los quince minutos su nieto regresó terriblemente enfadado. Huelga contar lo sucedido después. Ahora bien, mi MuyBuenaAmiga tiene un runrún extraño desde que su suegra (ya la podemos llamar así) en Navidad le regaló un reloj…