234. ELEUTERIO TORBELLINO
Juan Antonio Illan Garcia | Pluto

Eleuterio Torbellino había nacido sin el más básico de los sentidos, el de la orientación. Cuando quería desayunar aparecía encerrado en el baño, cuando deseaba dormir le encontraban subido en las ramas de un ciruelo, y cuando necesitaba ducharse terminaba acurrucado en el maletero del coche.
No solo era un impedimento en su vida cotidiana, era un riesgo a su salud. Solía autolesionarse a menudo, el ojo izquierdo se lo sacó cuando fue a rascarse la rodilla, y era incapaz alimentarse a si mismo, pues no atinaba con la comida en la boca. Su madre, Vicenta, hizo de lazarillo día y noche.
Cuando Vicenta empezó con los achaques de la edad y no pudo seguir a su hijo, el aventuroso empezó a ausentarse por periodos largos. Los vecinos, hartos de encontrarse a Eleuterio en los lugares mas insospechados, como las alcobas de sus hijas, hicieron colecta para ayudar a contratarle un lazarillo. Como eran de clase humilde, ósea pobres, la colecta fue pírrica, y solo dio para pagar a un pícaro venido de lejos. A partir de entonces ambos aparecían en las alcobas ajenas. Viendo que esto no había dado resultado, terminaron poniendo un cascabel a su querido vecino y moliendo a palos al pícaro.
Se decidió entonces que Eleuterio debía echarse novia que cuidara de él. No faltaron voluntarias entre las mozas del pueblo, que ya habían gozado con el desatino de este, que cuando tenía que empujar aplaudía y cuando tenía que retroceder rodaba fuera de la cama.
Terminó por casarse con la más golfa, una tal Rosalia Amasamadres, que no tardó en contratar al pícaro de nuevo. Eleuterio volvió a las escapadas, mientras ella y el pícaro deshacían su cama. Él pobre, solo y desorientado cagaba por todas partes y se paseaba por el pueblo con una sola manopla como calzoncillo. No tardó mucho tiempo hasta que las autoridades locales tuvieron que tomar cartas en el asunto. A Eleuterio le llevaron a casa de su madre, a Rosalia Amasamadres la arrestaron y al pícaro le volvieron a moler a palos.
Cuando el paso de los años se llevó a Vicenta, Eleuterio tuvo que buscar una manera de mantenerse. Su primer trabajo fue de guía turístico en la capital de su provincia natal, Toledo. Duró solo cinco meses. El tiempo que transcurrió desde que se presentase a unos turistas japones a los pies de la catedral hasta el momento que les rescató un pesquero en el mar de Alborán
Terminó por emigrar de forma involuntaria a la gran ciudad. Trabajó en su aeropuerto, conduciendo el carrito que llevaba los equipajes a los aviones y apareció en Tolosa de los Monteros con un montón de maletas que debían ir a Ámsterdam. Paso por muchos trabajos, conductor de Uber, controlador aéreo, y un largo etcétera en los que no llegó a cuajar. Terminó sus días triunfando como gestor financiero moviendo fortunas de un lado para otro sin dejar rastro alguno.