ELISA
CARMEN VILLARREAL CORRALES | eltrendelucia

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Elisa se bajó del autobús en la parada de Gran Vía, justo antes de la plaza de Callao, como cada mañana desde hacía dos años. Con cuidado de no tropezarse con los tacones, acabó de ajustarse la falda de tubo tan pronto pisó la acera. Sintió un poco de fresco y pensó que había calculado mal saliendo de casa tan solo con la chaqueta de punto y botones de perlitas.

Con paso rápido porque se le había hecho tarde, entró en Galerías Preciados, donde estaba empleada como secretaria. En la planta de oficinas, el incesante repicar de las máquinas de escribir resonaba ya sin descanso. Se sentó en su puesto y, disimulando, sacó un espejito del bolso para un retoque rápido en los labios. No tardaría en presentarse el jefe del departamento, del que estaba secretamente enamorada.

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Cuando Víctor comenzaba a trabajar, bien temprano, con su traje impoluto y el cabello perfectamente arreglado, lo primero que hacía era pedir cualquier informe, balance o estado de cuentas a la administrativa del fondo. Esa chica morena de ojos brillantes en la que no podía dejar de pensar. Poco más que su nombre sabía de la muchacha y, aunque no tenía rival en la negociación con el proveedor más fiero, era incapaz de pedirle una cita. Bastante tenía con disimular los nervios si estaba cerca de ella.

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Cierto día, a la salida, coincidieron en el ascensor. Estaban solos. Ambos se miraron y no necesitaron más. Él le ofreció su brazo y la joven lo aceptó sin vacilar. Los nervios desaparecieron y, en su lugar, les invadió la expectación por algo nuevo que estaba empezando.

Ocuparon en Nebraska una mesa cerca de la cristalera. Esa que sería la suya a diario durante años. A ella le encantaba acudir un poco antes que Víctor para verle aparecer a través de las puertas transparentes, apuesto y elegante como ninguno.

Una década después, iban con sus hijos a merendar. Las tortitas del sábado fueron tradición familiar hasta que los niños dejaron de serlo.

Y casi al final de su vida, Elisa, emocionada como entonces, el corazón latiendo rápido, seguía observándole llegar a través del tiempo y la ventana. Y en cada ocasión, invariablemente, se volvía a enamorar por primera vez.