Ella fue el Louvre
Alejandra C. Bonassoli | Lele

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Choqué con ella en una tarde calurosa en París. Puedo jurar que ella era tan bella como la misma Venus de Botticelli; tan indescifrable como los cuadros de Magritte; tan indomable como el mar desde los ojos de Sorolla.

Ambos paseábamos por la calle sin el objetivo de encontrar una persona que diese sentido a todos esos Romeo y Julieta de la pintura; pero, una vez me topé con ella en mi camino, nunca pude volver atrás.

“Mira por dónde vas” creo que dijo, y me sorprendió oír mi mismo idioma saliendo de su boca después de semanas familiarizado con el francés. Cuando alcé la cabeza, su rostro parecía resplandecer (o así me la imaginaba yo).

La invité a un café, hechizado por ella. Me lo rechazó porque se encontraba de camino al Louvre, en donde tenía un compromiso urgente (analizando en retrospectiva, quizás fuera una simple excusa). Le insistí en ir con ella; supongo que por mi pesadez ella lo permitió.

Caminamos un buen rato hasta llegar al museo. Una vez dentro vimos algún cuadro, creo recordar, pero por mucha belleza que colgase de las paredes del lugar, lo único que podía ver era a ella. Era ciego, y ella era lo único que lograba visualizar con claridad. Me creí miserable por haber pasado tanto tiempo sin ver tan nítidamente.

En este tiempo en París, había pisado este mismo museo varias veces; pero ninguna se igualaba a esta vez. Parecía que todas las pinturas cobraban sentido, que los colores eran más vivos y las formas más reales. Deteniéndonos poco a poco por la fascinación de la chica sin nombre en cada una de las creaciones, llegamos a aquella que cambiaría mi perspectiva por completo, aunque eso aún no lo sabía.

Dos figuras doblándose en búsqueda de un beso urgente: Psique siendo reanimada por el beso de Cupido.

Capturé en mi mente el momento exacto en el que la chica analizaba la obra, uno en que parecía tratar de descifrar todos los secretos escondidos entre las figuras. Algo explotaba en mí al verla en tanto ensimismamiento. Tan ajena al exterior.

No sé en qué momento se empezaron a desdibujar sus líneas. Parecía esfumarse en el viento. Parecía convertirse en polvo y empezar a reposar sobre las estatuas esculpidas frente a mí.

Esa fue la última vez que la vi, al menos en ese lugar. La buscaría en todas las calles, en todas las personas apresuradas y desorganizadas. En todas las obras de arte. La trataría de revitalizar con cada trazo de pincel en el que mis ojos se posaban.

Visitaría el Louvre más veces de las que podría contar, puesto que allí había permanecido una parte de mí encerrada. Ella, en su máxima expresión. Ella, libre.