ELLA
José Álvarez de las Asturias | Pepe Álvarez de las Asturias

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Como todas las mañanas, a la misma hora, Ángel estaba esperando el autobús. Pero no el suyo. Ya no. Ahora sólo esperaba el de ELLA. Como todas las mañanas desde hacía ya 6 días, no podía pensar en otra cosa. Y esa noche, como todas las noches desde entonces, tampoco había soñado con nada que no fuera ELLA. Ángel estaba expectante y muy nervioso. Sólo quería volver a verla. Nada más. Saber que estaba bien, que no le había pasado nada malo. Sólo eso y nada más. Faltaba aún un minuto para las 6. ¡Una eternidad! ELLA había aparecido cada día invariablemente a las 6 en punto de la mañana, sentada en el mismo asiento, mirando por la misma ventana, apoyado su rostro contrito sobre el mismo frío cristal, iluminados sus ojos tristes por la pálida luz de la misma triste farola. Emanando de su alma herida la misma persistente melancolía. Todos los días, a las 6 en punto.

Medio minuto todavía. ¡Ah, qué insoportable espera! Ángel temblaba de pura ansiedad. ELLA se estaba convirtiendo en una droga enloquecedora. Su dosis, cada día a las 6 en punto de la mañana. No necesitaba nada más. Hasta ese momento.

Ángel tomó una determinación. Peligrosa, pero irremediable. Necesitaba aumentar su dosis de ELLA. Se arriesgaría. Sí. Esa mañana, subiría al autobús. Se sentaría junto a ELLA. Le diría lo que sentía por ELLA, lo mucho que necesitaba conocerla, quererla, tenerla. Le cogería sus frías y frágiles manos y las calentaría entre las suyas; miraría a sus tristes ojos y les daría un poco de luz, un poco de consuelo, de paz. ¡La amaría eternamente! ¡Sí, eso haría! Amarla por toda la eternidad.

Las 6 en punto. Y ahí estaba su autobús. La línea 6. Se detuvo pesadamente y abrió sus puertas con un potente suspiro, invitándole a entrar. Ángel tragó saliva y subió sin mirar siquiera al conductor. Sólo la buscaba a ELLA. Estaba sola, como siempre, en el autobús inmensamente vacío. Ángel se sentó a su lado, en el asiento número 6, y la miró complaciente. ELLA volvió sus tristes ojos hacia él, sonrió casi imperceptiblemente y le dijo «Gracias». Y en ese preciso instante, ELLA desapareció.



Como todas las mañanas, a la misma hora, María está esperando el autobús. Pero no el suyo. Ya no. Ahora sólo espera el de ÉL. Ayer lo vio por primera vez y ya no pudo pensar en otra cosa. Parecía tan triste…