EMI
Álvaro García Moreno | Sator

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No pasamos de la primera cita, pero aún puedo notar sus suaves manos agarrando mis muslos cuando me acuesto. Paradójicamente, hoy me siento más unida que nunca a él. Me gustaría saber cómo ha recibido la noticia.



Hace dos años conocí a Emi. Trabajaba en la empresa de mi padre. Nos llevábamos muy bien y, cada vez que iba allí a echar una mano, compartíamos un café. Un fin de semana, mientras mi padre estaba fuera de la ciudad, le invité a cenar. Pizza y vino blanco.



Apuré la última copa. Noté cómo me subían los colores. Me pregunté si alguna vez él habría tenido una sensación parecida, pero no dije nada. No quería que creyera que mi atracción era simplemente una cuestión de morbo.



Me abalancé sobre él mientras veíamos una película cuyo título no recuerdo. Nos besamos, nos acariciamos y se deshizo de mi jersey antes de que pudiera llevarle a mi cuarto. Era todo muy natural, hasta que en el momento de quitarme el sujetador se quedó paralizado. Completamente paralizado. Ni un pestañeo. Nada. Escuché un carraspeo y me di la vuelta. Mi padre estaba ahí, con su dispositivo «intar» en la mano. Di un brinco y salí de la cama mientras recogía la camiseta.



– ¿Qué haces aquí? –dije sobresaltada.

– Esa no es la pregunta –contestó alterado–. ¿Qué haces tú? ¿Y con esto?

– ¡Descongélalo de inmediato! –grité furiosa.



Durante un tiempo, que a mí se me hizo eterno, discutimos y discutimos sin llegar a ningún lado. Grité, lloré y supliqué que nos dejara en paz. Yo era mayorcita. Acababa de terminar la carrera y podía tomar mis propias decisiones. Él, colérico, se negaba a aceptar el nuevo signo de los tiempos. No le entraba en la cabeza cómo podía estar enamorada de Emi, pero yo no iba a dar mi brazo a torcer. Esta vez no.



Tras muchas vueltas y vueltas a lo mismo, conseguimos llegar a un pacto, probablemente por puro agotamiento. Yo me pondría en la misma posición que estaba para que Emi no experimentara una brecha cognitiva en la percepción al descongelarse. Él me dejaría su dispositivo para activarle y se iría fuera de casa, contaría un minuto y llamaría al timbre. Yo pararía, le abriría y fin de la cuestión.



Sin embargo, cuando salió no pude evitarlo. Bloqueé la puerta. Volví al cuarto y descongelé a Emi justo en el momento en el que se libraba de mi sujetador. Puse música a todo volumen. Y follamos. Vaya que si follamos. Una corriente eléctrica me atravesó desde la cabeza hasta los pies cuando llegué al orgasmo. Mi padre casi quema el timbre.



Al día siguiente, borró la memoria a corto plazo de Emi y nunca más me dejó acercarme a la empresa. Ahora estoy frente al Congreso celebrando que la Ley IA ha salido adelante. Al fin tienen los mismos derechos que nosotros. Por ti, Emi.