EN BUSCA DE LA ABUELA PERDIDA
MARIA JOSE ECHARRI | Ega de la Cerca

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Fernanda se despidió de Salvador. A su octogenaria edad no se habían separado casi nunca. Esta vez se iba ella con la maleta cargada de ilusión y la aguja de hacer ganchillo. Se montó en el Seat 127 junto a su hija y sus tres nietas y salieron de su tierra extrema y dura con destino al paraíso. Llegaron al ansiado pueblecito costero, se alojaron en un modesto apartamento de dos habitaciones donde sobraba sitio para las cinco y organizaron lo que harían durante la semana. Cada día las niñas y su madre pasaban la mañana en la playa entre castillos de arena, lecturas ligeras de verano y siestas cortas en la tumbona. Cuando volvían a casa Fernanda tenía la comida preparada y la mesa puesta. Nadie hacía la tortilla de patata como ella y nadie bordaba el gazpacho con un toque de pimentón de su patria.

Un día cuando volvieron a casa Fernanda no estaba, el apartamento se recorría rápidamente con la mirada y no había rastro de ella, ni siquiera una nota avisando de su ausencia como hacían normalmente en la familia. Su hija llamó a las puertas de sus vecinos de vacaciones y nadie la había visto salir. ¿Dónde había podido ir? Ella no sabía leer, tenía más de 80 años, esto no era el pueblo, por supuesto que no tenía teléfono y a esas horas del mediodía los rayos del sol no eran buenos para su salud. Decidieron salir a buscarla con el corazón encogido y el pánico en la mirada. Preguntaron en el mercado y en los negocios próximos al apartamento sin éxito. Finalmente fueron a la playa y ¡allí estaba!, tumbada boca arriba con los pies bañados por el agua salada y su nívea piel tornada a bermellón. Nadie supo hasta años después que Fernanda había acudido a su primera cita con el mar. Había visto nacer a todos sus nietos, se había quemado en un incendio para rescatar a uno de ellos, cruzó medio país a pie con dos hijos en el regazo para buscar a Salvador en el frente, vendió su mantón de novia para dar de comer sus seis vástagos y sin embargo ese momento frente al mar fue suyo, fue ella. No se bañó, no por cobardía, sino porque quería escuchar lo que el mar le contaba. El mar no preguntaba, no dudaba, avanzaba, solo retrocedía para volver a avanzar y resolvía. Y frente al mar resolvió que pronto estaría en aquel lugar donde su mirada se perdía entre el azul del cielo y el rugir del mar. Ese momento no volvió a repetirse, no lo buscó y no lo necesitó porque desde entonces llevó dentro de sí su propio mar para resolvernos a todos.