En clave de amor
Ainhoa Conde Castro | Versatalia

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«-No lo alcanzo a ver bien; ni tampoco sé quién es, pero sé que lo necesito. 



Aquel fue mi susurro en una noche de noviembre cuando mis maltrechos ojos recién operados mudaron la piel del arquetípico amor a primera vista hacia un flechazo a primera nota. Me enamoré de la ternura que brotaba de las cuerdas de tu piano de cola, y sin apenas distinguir tu rostro, con timidez, me acerqué para preguntarte si te gustaría tocar para mí. Te sorprendiste ante el insospechado interrogante, pero me regalaste tu confianza, tu tiempo, y tu maestría. 



Quizá en el nocturno se despejen las emociones y se disipe la introversión, pero la llovizna azotaba las barandillas en el puerto, aunque ello no impidió que las horas se deshiciesen en un paseo sin rumbo con la luz palpitante de una luna en “re” menor. Apenas recitamos un par de versos compuestos por los poetas consagrados de destreza marinera, y bosquejamos las líneas de nuestra futura canción, sin apenas mediar palabra alguna que rompiese nuestro guion de incertidumbre. 



Te ofreciste a acompañarme a casa, pero lo interpreté como una mera formalidad de tu exquisita cortesía, y sin más, apuré el paso para preparar los últimos detalles de mi actuación al día siguiente. En la que tú serías mi estrella invitada. Y nos erizaste piel y alma con tu don tejido sobre el pentagrama. Y por vez primera, te miré a los ojos mientras recitaba sobre tu melodía, y llegué a olvidar las metáforas que yo misma había creado, al perderme en tu azul como el océano que bañaba las orillas de aquel hotel en el que actuamos en formato improvisado. Tenías que ser tú, presente de lo casual. 



Fue entonces cuando, para festejar el triunfo de aquel atardecer, me tendiste tu mano y robaste mi sonrisa, al proponerme una caminata hacia una cala solitaria a popa del Castillo del Cardenal. Y allí quedamos, callados, oyendo el mar, leyendo las historias que este narraba en sus olas al romper, y contando los intervalos de luz de las balizas a nuestra frente.  



Y llegué a creer que era aquella nuestra primera cita, un tanto atípica, pero cargada de un silencio emocional que solo quien se nutre del arte es capaz de anhelar. No compartimos proezas, ni halagos, ni tampoco falsas esperanzas. Solo silencio, mar de fondo, y Sagitario enarcando su flecha sobre la cúpula nocturna. 



Pero nos despedimos a medianoche, y fue al sentir tu abrazo, al distinguir de cerca tus labios, al sumergirme en tu perfume y al abrigarme en tu cárdigan de cuadros, cuando caí en la cuenta de que nunca antes nos habíamos, siquiera, rozado, y a pesar de ello, nos habíamos arrebatado el alma desde la primera cita a ciegas del destino, en que ninguno supo que lo estaba siendo, en la primera de las tres que lo podrían haber sido, o que lo fueron, quizá; con la luz de las estrellas consumiéndose sobre las velas. Del embarcadero que fue testigo.»