EN EL LEJANO OESTE
MANUELA RODRÍGUEZ COTA | LACHICA

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Escucha al viento… que inspira.

Sigue sus consejos para pintar la más bella obra que el ser humano ha dejado. Todos ellos pusieron su palma en la roca mientras ella escupía el tinte que dejaría para los siglos posteriores el negativo de sus vidas.

Escucha la tierra… que sufre.

Cuídala porque de ella sacas el poder de tus músculos, la sabiduría de tus emplastos y la alegría de los olores en primavera. Recorre su perfil sinuoso que te marca el camino recorrido por tus antepasados, por los animales libres, por seres especiales que se pierden en el túnel del tiempo pasado.

Escucha al silencio… que habla.

Es noche de hogueras y ellas siguen celebrando la vida como siempre sus antepasadas lo habían hecho. Y su sabiduría pasaba de mayores a jóvenes. Los cánticos, las oraciones, sabidas de memoria, sonaban sin cesar aquella noche. Y venían a acompañarnos las almas sabías, las que en un momento nos hablaban del saber antiguo que seguíamos celebrando.

Escucha la Luna… que mira.

Aprende con atención la manera fiel de seguir los ritos, rítmicamente en el tiempo, período a período, igual que la mujer, sintiendo en su interior el pulso de su sangre que fluye y da vida a un nuevo ser, para hacernos eternos, como esa vieja amiga que está allá arriba siguiendo vuestra senda andante.

Escucha la lluvia… que repica.

Y deja marcas en el suelo, igual que los recuerdos, los buenos recuerdos, esos que no queremos olvidar, esos que nos hacen soñar en las noches largas de verano. O esos otros, los malos, que dejan cicatrices en no se sabe dónde, pero que duele con la humedad de la lluvia y del tiempo gris.

Escucha al anciano… que se ha ido.

No pierdas ni una de sus historias, de sus cuentos y de sus miradas. Son esenciales para poder mantener el espíritu de nuestro pueblo. Es lo que nos viste por la mañana, nos da de comer al mediodía, nos entretiene a la tarde y nos vigila por la noche para darnos seguridad, para estar completos.



Todo eso escucha el joven hopi, sentado sobre la roca, mirando el horizonte, al lado del río Colorado. Tiene mucho que hacer, pero él solo piensa en ella y en lo que ha de decir. Será su primera vez. Sabe que no habrá otra oportunidad, debe conseguirla, a ella. ¡Pero ella es joven!

Y, le dirá:

– Escucha el corazón… que sabe.

Sabe de tus sentimientos, de tus alegrías, pero desea olvidar el dolor y la pena. ¡Oh! Vaya corazón, si sabes, dime : ¿Cuándo será? ¿Cuándo lo tendré? ¿ Cuándo lograré mi objetivo amado? Pintar, crecer, bailar, nacer, sanar y ser. ¿Qué más podemos pedir? Yo pediría el gesto más pequeño y más innato que nos acompaña siempre: tu sonrisa.