1200. EN LA PUERTA DEL CIELO
RAUL MORETTI | RAULOM

En el momento en que se estaba jugando la final de la Champions en el estadio Santiago Bernabéu, entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, se desarrollaba, en el cielo, el Juicio Final contra la humanidad.
— ¡Abran las puertas del túnel —ordenó el ángel juez—. ¡Que pase el primero!
La puerta del túnel tenía una gran luz redonda que se encendía con la llegada de cada difunto.…
—Don Gerardo Ferraro —dijo el guardián del túnel— nacido en Madrid, casado con tres hijos, fanático del Atlético, muerto hace unos minutos de un infarto en su domicilio mirando el partido por televisión.
—Señor Gerardo —comenzó el Ángel juez— estamos en su juicio final abreviado. —Su historia nos habla de un pésimo padre e hijo, jamás fue a misa y…
El juez interrumpió su exposición, cuando la luz del frente del túnel comenzó a parpadear nuevamente anunciando la llegada de otro difunto.
— Don Carlos Costanzo, nacido en Madrid, soltero.
La luz no paraba de anunciar la llegada de varios difuntos a la vez, los cuales estaban en la misma situación: muertos de un infarto mirando la final del partido.
— ¡Orden en la sala, orden en la sala! —gritaba el juez, sin poder controlar el tumulto.
—Pero yo he quedado palmado en el segundo gol — decía don Carlos, exacerbado —. ¡¿Cómo es que ahora vamos tres a cero?! ¡¿Cómo ha podido ser esta tragedia?!
—Pues sí, mi amigo —respondió Ricardo, recién llegado —ni yo ni mi stent pudieron soportar el tercero.
Los difuntos se fueron acomodando a lo largo de una mesa, frente al estrado del juez, y como ya nadie ingresaba, éste retomó el juicio.
Su señoría Ángel iba nombrando a cada difunto los actos más importantes de sus vidas; cómo fueron en sus familias, con el prójimo, y qué poco tiempo le habían dedicado a Dios por estar todos los días preocupados por el fútbol.
Nuevamente la luz del túnel comenzó a parpadear con la llegada de nuevas almas.
— ¡Tres a tres! ¡Tres a tres! —gritaban los recién llegados, haciendo que el resto saltara emocionado arriba de las sillas.
— ¡Y ya estamos en los penales! —dijo un calvo con bufanda, que fue el último en llegar.
Y estallaron como locos:
— Salta, salta salta, pequeño canguro…
— ¡Basta! ¡Dejen atrás lo terrenal, están en la puerta del cielo! —decía el Juez sin que nadie lo escuchara— ¡deben arrepentirse!
La luz del túnel se encendió, y todos giraron automáticamente la cabeza: un caucásico de unos ochenta años, con ojos llorosos, y que llevaba puesta una camiseta blanca con vivos azules, hizo su entrada.
El juez salió a su encuentro y exigiendo una respuesta le sacudió los hombros.
— ¿Qué pasó?
El viejo, mirándolo profundamente a los ojos, lo reconoció y le dijo:
—Perdimos, Don Alfredo.
El juez Ángel subió lentamente al estrado y sentenció:
— ¡Se van todos al infierno!