EN LOS OJOS DE JULIA
RAQUEL NEVADO RONCO | Raquel

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Mientras sostiene su mano huesuda y casi inerte, se contempla en sus ojos por primera vez como aquel verano de mil novecientos sesenta y tres.

Ese día, fumaba un cigarrillo en la puerta de la barbería y una mujer paseó delante de él contoneando sus caderas con sensualidad natural, al tiempo que compraba frutas y hortalizas en los soportales de la plaza mayor. Diríase perfecta. La siguió entre las columnas, embelesado y sin dejar que desapareciera el reflejo de aquella imagen en sus pupilas dilatadas por la emoción. Ansioso por encontrarse con ella, resbaló y cayó ridículamente encima del puesto de legumbres de Faustino, quien no paró de gritarle improperios, mientras recogía los cestos de judías y habas desparramados por el suelo.

—¡Muchacho inútil! —exclamó Faustino.

El escarnio del tendero no le importó, solo pensaba en aquella mujer, en su vestido de flores y en aquellos veinticinco botones que un día desabrocharía uno a uno mientras el deseo le bullía enérgicamente entre las piernas.

Se levantó rápido y la encontró de nuevo. Sin dudarlo se dirigió hacia ella, enhiesto pero tembloroso y, cuando estuvo a su altura, se embarcó en sus ojos infinitos. Durante cinco segundos no pudo decir nada, perdió el control. Fue Julia, la que sería el amor de su vida, la primera que habló.

—¿Piensa quedarse ahí, sin dejarme pasar, mucho tiempo?

Pasaron de nuevo cinco segundos hasta que Manuel logró desconectarse de la corriente eléctrica que lo mantenía petrificado frente a ella.

—¿Quiere casarse conmigo? —contestó Manuel.

Julia no pudo evitar sonreír y pensar al mismo tiempo que aquel chico “parecía definitivamente bobo”.

Aquella mañana, Julia, la mayor de cuatro hermanos, había ido sola al mercado. Mientras guardaba los racimos de espinacas y acelgas, el olor a tabaco desvió su atención hacia la barbería donde encontró a un joven con pantalón vaquero y camiseta arrugada que le robarían la inocencia y las vergüenzas para siempre. Se ruborizó al sentir por primera vez sus senos endurecidos. Intentó contenerse, pero no se reconocía, también había perdido el control. Cambió de dirección y paseó delante de él endiosada. Con disimulo, pudo comprobar que la seguía y se hizo más poderosa.

Las voces de Faustino la obligaron a ralentizar el paso. Al girarse, encontró al joven sacudiéndose la camisa y los pantalones de judías y habas. Al contemplarlo en toda su torpeza, pensó que aquel chico “parecía bobo”.

Pocos pasos después, apareció Manuel, con el pelo llenito de lentejas y el bolsillo abultado de excitación. Se contemplaron de frente por primera vez y, ahí, permanecieron definitivamente instalados el uno frente al otro.

Sesenta y tres años después, Julia se incorpora de la cama ayudada por Manuel, y vuelve a ocurrir, lo mira por primera vez. Agitada, le pregunta a aquel joven si piensa quedarse ahí mucho tiempo.

Manuel se entristece, pero sabe que debe contestar otra vez, igual que hace un rato, igual que ayer.

—¿Quiere casarse conmigo?

Julia sonríe al tiempo que vuelve a cerrar los ojos.