1190. EN MI ATAÚD
Ignacio Hormigo de la Puerta | Atticus Fish

— ¡Ten mucho cuidado con lo que deseas, que se te puede hacer realidad! —me decía mi abuelo en su infinita sabiduría, y cuánta razón tenía. Siempre quise vivir en una casa de madera, y miradme ahora.
Aclimatarme a mi nueva residencia no me ha resultado nada sencillo, al principio me parecía muy estrecha, acostumbrado al chalet de La Moraleja y a sus mil quinientos metros cuadrados de jardín, 60x190x50 resultaba un poco justo. Para librarme de esa sensación de claustrofobia tuve que educarme en el desapego, aprender a ver mi nueva situación bajo una perspectiva más zen, darme cuenta de que en realidad tengo todo el espacio que puede necesitar un ser humano en mis circunstancias, más si cabe si tenemos en cuenta el minimalismo del mobiliario de que dispongo, Feng Shui no, lo siguiente. No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita.
Habituarme al olor me costó un poco más que hacerlo al espacio. Me resultaba difícil reconciliarme con la idea de que semejante tufo saliera de mí, era como estar dentro de un arcón congelador, lleno hasta arriba de chuletones de Ávila, que se hubiera quedado sin corriente eléctrica hacía tres meses. Experimentaba una vergüenza parecida a la que se sufre cuando se te escapa un pedo en un vagón de metro en hora punta, y la verdad es que no entiendo muy bien por qué, porque aquí difícilmente voy a molestar a nadie, pero así era. Logré deshacerme de ese bochorno con el paso del tiempo, la clave fue adoptar un enfoque holístico para la cuestión; he asumido que estos efluvios son parte de una etapa necesaria en el fascinante proceso de hacerme uno con el todo, de fundirme con el cosmos. Ya mi olor no me molesta para nada, ya me siento capaz de abrazarlo sin juzgarlo.
Tras esos reajustes iniciales, ahora me siento a mis anchas, como un Diógenes satisfecho, acurrucado en su tonel. El problema al que me enfrento en estos momentos es otro muy distinto, me aburro como una ostra. Ahí tengo que reconocer que estuve torpe, tenía que haber dejado escrito en mis últimas voluntades que me enterraran con una radio y veinte docenas de pilas alcalinas, al menos así podría escuchar Carrusel Deportivo los fines de semana, entre semana también cuando se jugara la Champions. Necesito buscarme un hobby urgentemente. La filatelia y el esquí acuático están fuera de mis posibilidades por razones evidentes, y desde un principio descarté la cría de gusanos porque me pareció una salida fácil, demasiado obvia, nunca me gustó seguir las modas, ser como todos. Después de sopesarlo mucho, he decidido que voy a aprender a hacer crecer plantas de mi cuerpo, a convertirme en una especie de huerto urbano humano. Ya me veo sirviendo de abono para coles de Bruselas, calabacines, berenjenas, tal vez incluso unos tomatitos cherry, que van muy bien para la ensalada. Solo veo un pequeño inconveniente. ¡A ver de dónde narices saco las semillas!