246. EN PRÁCTICAS
Paula Armendáriz González | Paula Armendáriz

El sonido del agua golpeando la cerámica de la bañera delataba que la dueña de la casa se encontraba dándose una ducha. Estaba sola y era vulnerable. La presa perfecta para lo que se disponía a hacer.
Las escaleras de incendios del edificio le habían permitido subir al segundo piso y llegar hasta la ventana de su víctima. Tal y como había estado observando, no cerraba del todo la ventana hasta que se iba a dormir para que la casa se ventilase. Aquello le daba la oportunidad de entrar sin complicaciones.
Sus pisadas eran como las de un gato y se escurrió con sigilo hasta el baño. Allí el aire estaba cargado de humedad y su reflejo no podía apreciarse en el espejo. La bañera estaba cubierta por una cortina de ducha opaca.
Alargó la mano y descorrió la cortina con violencia mientras empuñaba un cuchillo. La hermosa mujer rubia que allí se encontraba se giró rápidamente y, al ver a un hombre enmascarado sosteniendo un cuchillo, gritó aterrada. Su verdugo se sorprendió de la capacidad pulmonar de la mujer y no pudo evitar gritar del susto.
Otro hombre enmascarado de mayor edad entro por la puerta.
―¡No, no, no! ―reprendió el nuevo al chico del cuchillo― ¿Qué ha sido eso? ¿Cómo te asustas de tu víctima si eres tú el que porta el cuchillo? ―luego se dirigió a la víctima―. Disculpe, señorita. Es que el muchacho está en prácticas.
―Grado superior de asesino en serie ―explicó el chico orgulloso―. Es usted mi primera víctima, señorita. Él es mi tutor de las prácticas.
―Sí, y parece que no estás preparado todavía ―le reprendió el tutor.
―Bueno, no nacemos sabiendo ―le disculpó la mujer.
―¿Podríamos empezar de nuevo? ―suplicó el muchacho.
El tutor puso los ojos en blanco.
―¿Ahora? ―se sorprendió la mujer―. ¿No sería mejor cuando no me lo espere?
El muchacho se golpeó la cabeza cayendo en su error.
―¡Claro! ―exclamó él avergonzado―. La víctima no puede esperarse el ataque.
―Así es ―le concedió ella.
―¿Puedo pedirle un favor? ¿Podría darme algún consejo para mejorar?
La mujer se lo pensó unos instantes.
―Supongo que lo de replicar Psicosis está un poco visto ―contestó ella―. Es mejor que tenga cierta incertidumbre acerca de lo que me va a pasar. Tener un asesino que demuestre cierto grado de locura suscita más terror que saber cuál será tu destino.
El muchacho sonrió contento.
―¡Muchas gracias! Mejoraré para la próxima ocasión.
―Eso espero ―dijo ella con una sonrisa.
―¿Cuándo estará disponible para que vuelva a intentar asesinarla? ―preguntó él.
―¡Pero bueno, chico! ―le reprendió de nuevo el tutor― ¿No te ha dicho que lo importante es la incertidumbre?
El muchacho volvió a golpearse la cabeza.
―Cierto, que tonto…
―Cuando usted quiera ―le sonrió ella―. Pero el miércoles me viene mal.
―¡Genial! ―anotó él mentalmente―. Cualquier día menos el miércoles.
El tutor agarró de la camisa al muchacho y se lo llevó del baño con un gesto de disculpa hacia la mujer.
―¡Vámonos! ―le riñó― Menuda pérdida de tiempo para mí y para la señora. Vas a tener que repetir los exámenes.