¿En qué estás pensando?
BEATRIZ CHAVES VÁZQUEZ | Morfina

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El mes de agosto llegaba a su fin, y con ello el verano… así como el extenso y rico abanico de historias, recuerdos y momentos que tanto lo caracterizaron, y que con ternura tiñeron sus días del tono anaranjado y esperanzador que solo la juventud tiene el coraje de desprender.



Me senté a ver el mar, esperando obtener un poquito de calma, o (con suerte) un sucedáneo de dicho sentimiento. El atardecer se cernía sobre mis ojos, como quien va a precipitarse por un acantilado. Yo era la misma que la del día en el que «eso» sucedió; mi camiseta verde, también. Mi toalla (descolorida, de la Barbie) también. Pero dicha toalla era demasiado grande sin su cuerpo, e incluso excesivamente inhóspita o fría, sin su calor. En pleno verano, yo juré (y perjuré) que no había mejor abrigo que su piel contra la mía, y que el azul del mar se moriría de pena si conociese a las variedades cromáticas de este color que se alojaban en su mirada.

El día en el que «eso» pasó, fue como escribir la palabra «verano» en mayúsculas, con la terrible osadía de que quiere convertir a semejante nimio vocablo en algo especial: estábamos sentados en el trocito de tela que acabo de mencionar, y su cuerpo estaba casi junto al mío.



En un fugaz ataque de valentía, me acerqué aún más.



La vida está llena de momentos en los que existes, y momentos (o más bien, instantes) en los que vives: este era uno de ellos… y lo sabes porque tus nervios se pelean entre sí, con la intención de carcomerte, quizás anhelando frenarte.



—¿En qué estás pensando? —me dijo, cuando apoyé mi cabeza en su hombro.

—En cosas que me hacen feliz… cosas pequeñas… El mar, el sol, echar la siesta después de comer… La lluvia cuando estás a punto de dormirte… —las palabras no parecían querer salir de mi boca, y aun así, lo hicieron.

—¿Quieres saber algo que me hace muy feliz? —creo que ya conocía la respuesta, pero necesitaba oírlo… necesitaba el caos del irrefrenable efecto dominó que a menudo se da entre dos cuerpos, o dos personas, que se desean.

—¿El qué?

—Me hace muy (pero que muy) feliz cuando estás con una chica muy mona, que te cae muy bien… y es muy adorable… y estás un poquito nervioso, porque te mueres de ganas de besarla.



Y así es como tuvimos nuestro primer beso, bajo la atenta mirada de la plenitud de los cielos y de la tranquilidad del mar. Aquel verano, mi cabeza solo fue capaz de pensar en besarle, una y otra vez… y el sentir sus brazos estrechando mi cuerpo provocaba en el mío una reacción de una intensidad semejante a la de un desastre natural.