En repetición
Sofia Paita | Sofia Paita

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Ella miraba atentamente la puerta. No sabía desde que lado vendría su cita. Si venía en metro, tendría que llegar por la calle de la derecha. Si venía por la izquierda, sería que venía desde su casa. La canción se repetía por tercera vez. Era una melodía simple, de esas que caracterizan a las cafeterías modernas. No tenía otra misión más que la de generar un leve colchón para que en ella se acostaran las conversaciones y el ruido de la máquina de café.

5 minutos habían pasado de la hora pactada. Volvió a mirar las notificaciones de su móvil. No tenía ningún mensaje ni llamada perdida. Abrió la conversación de WhatsApp y miro una vez más la foto de perfil. No había mucha más información de la que ya había analizado, pero era como si quisiera recordar porque estaba allí, esperando. El hombre de la foto sonreía. Estaba sentado en una tumbona en la playa, con un libro en el regazo. Ya no se encontraban hombres que disfrutaran de la lectura. Ella le había contado acerca de su infancia en las costas del Mediterráneo y su anhelo de volver allí; de levantarse todas las mañanas a caminar por la playa y sentir el aroma a sal que desprendían las olas al romper. Él también quería escapar de la ciudad. Nacido y criado en Madrid, siempre se había preguntado cómo se sentiría el tener el mar todos los días del año, y no únicamente diez días en agosto. Una tímida sonrisa se le dibujo al recordar esa conversación. Él le transmitía algo nuevo, un “quizás”, un “tal vez sí”. Ya había perdido la cuenta de las citas a las que había ido y los hombres que había conocido. Había probado todo: las aplicaciones, los grupos de “running”, de yoga, los talleres de lectura, de escritura, de arte; se le habían agotado las citas a ciegas organizadas por sus amigos. Y sentía que siempre estaba en el mismo lugar. Las notas iniciales de la canción volvían a repetirse. Miró de reojo a las empleadas, que no parecían percatarse de lo que sucedía. Sería que todas las canciones de la lista eran parecidas, o que estaban muy ocupadas charlando entre ellas y no advertían que era la misma canción que se repetía sin parar.

7 minutos. 3 más, e iba a considerarlo impuntual. Siempre había considerado eso una característica inaceptable, y la hizo pensar que, a lo mejor, él no era lo que buscaba ¿Podría dejárselo pasar, teniendo en cuenta sus otras virtudes? Cumplía todos los demás puntos de su lista. Casi todos, si era que llegaba tarde, o si resultaba ser fanático del fútbol, o si tenía algún tatuaje y se dejaba la barba larga y descuidada como un músico sin futuro.

10 minutos. En mitad de una frase melódica, la música se apagó de golpe. A los segundos volvió, pero ahora sonaba otra canción. Tal vez su problema era que buscaba algo que no existía.