508. EN SENTIDO CONTRARIO
José Alberto Díaz-Estébanez León | AGULO

Siempre se te dio bien evitar escenas incómodas, con esa habilidad innata para lo políticamente correcto, impermeable a cualquier muestra aparente de impacto emocional. Y aquella estación te daba el marco perfecto, entre el bullicio de la gente y la indiferencia del paso apresurado en busca de destino.

Nada de “cariño, tenemos que hablar”, eterno preámbulo de tormentas perfectas y dramas de telenovela. No hablaremos –eso que nos ahorramos- de las mil caricias compartidas y sentidos colmados, pero tampoco del océano de ausencias mutuas y cómo las rellenamos, tantas veces de forma inconfesable. La verdad es que debí sospechar cuando te empeñaste esta vez en traer dos maletas meticulosamente separadas y comprar tú misma los billetes, pero qué quieres que te diga: la falta de atención a los detalles está en el top ten de mi larga lista de defectos.

Esperaste al último momento para darme el mío, ya en el andén. Un frío beso en la mejilla y un aún más gélido «adiós, éste es el tuyo», sin derecho a réplica. Después, diste media vuelta y caminaste paralela a las vías… pero en sentido contrario. En realidad hace mucho tiempo que mi tren había partido.