633. EN TRATTORIA IL PICCOLO GIUSEPPE ENCONTRÉ ALGO EN MI SOPA Y NO ERA UN PELO: ERA CHAVISMO
Eric Teixidó Gimeno | Teixi

Trattoria Il Piccolo Giuseppe goza de una ambiciosa decoración de interiores: los dueños no se detuvieron con la clásica recreación de la piazza italiana, sino que se esforzaron en sumergir al comensal en la vida de la Italia de los años treinta, empezando concretamente por su dictadura fascista.

“Señor, ruego que para acceder al restaurante se coloque…” No hay bozal, no hay comida.
Disculparán que insista, pero uno llega de una jornada de playa en familia esperando encontrar una aproximación a la gastronomía italiana, no un sucedáneo culinario de los sistemas de control social y político del siglo pasado, especialmente cuando uno va con niños. Porque podría llegar a tolerar que me marcasen con sus estrafalarios antifaces, pero ¿también en verano? Los delirios y arbitrariedades del poder parecen no tener límite en este restaurante, o al menos, este límite no está en los chorretones de sudor que emanan de este símbolo de control social.

Extensa carta de vinos y postres, no preguntar por la CARTA INTERNACIONAL DE DERECHOS HUMANOS.

Se agradece el detalle de servir aceitunas mientras uno espera a ser atendido, pero insisto, la supresión sistemática de toda individualidad a través del “identificativo textil” es verdaderamente un fastidio y no compensa. Así que ya saben, si lo que están buscando no es represión mejor buscar otro restaurante, pero si pese a las advertencias quieren jugársela no olviden reservar sitio extra en la mesa para SU COMPLICIDAD CON EL TOTALITARISMO.

Sin contar las aceitunas me fui sin comer, pues parece que en aquel oasis de homogeneidad no había sitio para una voz discordante. Y lo reconozco, yo ya entiendo que los camareros trabajan muchas horas y que están cansados, pero no creo que eso les dé derecho a proclamar un estado dictatorial en un restaurante FAMILIAR. Un restaurante, remarco, donde temen ver al comensal sin llevar el símbolo del esclavismo textil. Así que siento si MI FORMA DE MOSTRARME ANTE EL MUNDO hace temblar el castillo de naipes de su negocio, pero resulta muy incómodo ser reprimido cuando uno trata de comerse una pizza. Sí, me fui sin comer, pero aunque sea un pequeño gesto, servidor se niega a entonar el réquiem por la libertad con el sonido de su tenedor contra el plato.

Y es que más allá de la gerencia, puede que también yo haya cometido errores -las cartas sobre la mesa-, pero ¿acaso me convierte en un monstruo haber metido los genitales en la sopa de otro comensal? ¿Asumimos que la culpa es mía por no llevar pantalones y no de la, cuanto menos, poco estandarizada altura de las mesas? Nos adentramos en un debate que sin duda algunos no quieren que se abra. Y aunque les incomode NO HAY DERECHO a obligar a la gente a llevar bañador tan cerca de una playa nudista. Supongo que alguna gente no está preparada para ver la magnitud del problema con sus propios ojos.

Buenos accesos y sitio abundante para aparcar.