EN UN PAR DE HORAS
FRANCISCO PIÑOL SOLDRÁ | CESCTARRAGONA

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Los nervios no son buenos consejeros, lo sabía bien, de hecho, cuando estos hacían acto de presencia en su vida, normalmente se aferraban de tal manera a su persona que lo que estuviera o encontraba haciendo, se perdía en el fondo más oscuro y tenebroso de su alma. Malográndose para siempre. No había solución. Lo había probado todo, las técnicas más resolutivas para otras personas no hacían mella en estos intrusos que acechaban su existencia.



Para hacerles frente aprendió métodos de respiración que le llevaron en varias ocasiones a la taquicardia. Practicó técnicas relajantes que disminuían su frecuencia cardíaca y la presión arterial, pero aumentaban la actividad de las hormonas del estrés, produciéndole mala digestión; intentaba centrarse en imágenes, sin conseguirlo, su mente, por sí misma díscola, recorría 15000 caminos diferentes en su cerebro. Recurrió al deporte, cada mañana trotaba 10 kilómetros alrededor de las casas pareadas de su barrio, hasta que una lesión en el tobillo, lo apartó a la reserva. Intentó conectar con la naturaleza, llenando su apartamento de 40 metros cuadrados de Palmas, Potos, Ficus, Sansevierias, y como toque de color ramos de Margaritas y Rosas. Una noche, tuvo que levantarse rápidamente con síntomas de asfixia, para dejar paso, abriendo todas las ventanas, al aire fresco de la madrugada.



Por fin, como ultima solución, alguien le aconsejó que practicara la meditación, para ello se sentaba todo lo cómodamente que podía, posando sus pies en el suelo, respiraba larga, profunda y lentamente dejando que el aire de su exhalación vibrase en sus cuerdas vocales produciendo sonidos. Al entrar en contacto con las sensaciones de su cuerpo, inevitablemente tenía que acudir al aseo más cercano. No había remedio.



Le incomodaba y disgustaba reconocerse, débil, endeble, blandengue y que el enemigo hubiera ganado la partida. La ansiedad residía con él. Y ahora, los síntomas eran los mismos: nerviosismo, sensación de peligro inminente, respiración acelerada, sudoración y problemas para concentrarse.



Aun así, había conseguido llegar al sitio concertado a la hora convenida, para ello se había aseado, vestido pulcramente, bañado en esencias frescas. Todo un blindaje, toda una coraza.



Sólo quedaba el encuentro directo, la aproximación. Una vez dentro del edificio, ella, con paso pausado enfiló el pasillo que la llevaría hasta él. Sus ojos claros, se resguardaban detrás del parapeto de sus lentes de miope, el color de su piel le otorgaba un aspecto meloso, se la notaba muy segura de sí misma, de lo que iba a suceder.



Para él, al ser su primera vez, le empeoraba esa sensación global de indefensión. Se presentó, mirándola al reflejo de sus gafas. Ella le correspondió. Y le instó a seguirla.



Buscó en los recovecos de su mente. Siempre, ante lo desconocido, con las mujeres, se producía un barullo descontrolado que arañaba y rompía su piel temblorosa. Esa era la sensación. No entendía por qué se encontraba allí.



La funcionaria, le pidió la citación, buscó el escrito judicial, le hizo firmar y se despidió.