650. ENAMORADO DE LA MODA JUVENIL
LOURDES FRANQUET GARRIGÓS | Mare Blu

¡Nunca más me pilla mi madre para ir de compras al centro comercial y tener que aguantar sus consejos en cuestión de estilismo!

Nada más entrar, ella se puso a cantar: «Y yo caí, enamorado de la moda juvenil, de los precios y rebajas que yo vi…», al son de la música de un pinchadiscos. Muerta de vergüenza, la empujé hacia dentro.

Enseguida me volví hacia el chaval y le pregunté en plan de coña si Luis Fonsi, Ozuna o Maluma se habían ido de vacaciones. «Nada de reggaeton, bebecita. Hoy tenemos ‘jam session’ de música de los 80’s, para promocionar los mom jeans». O lo que es lo mismo: vaqueros anchísimos, de cintura absurdamente alta, con cremallera infinita.

Le devolví al chaval una sonrisita envenenada, mientras salía en busca de mi madre. Cuando la alcancé, ya tenía unos tejanos bien agarrados, con la intención de hacérmelos probar. «¡Ya verás qué cinturita de avispa te hacen!». ¡Avispa hubiera querido ser yo para salir zumbando de allí! Pero, claro, mi madre estaba poseída por la música ochentera y por los trapos. Empezamos la batalla del «que si sí, que si no», a la vez que yo me fijaba en un top negro, escotado. Pero ¡ay, maldición!, ya estaba ahí mi mamacita, haciendo de Pepito Grillo. «Que ese trozo de tela no servía ni para cubrir una uña… , que si yo tenía demasiado pecho para esa camiseta…» ¡Encima, es que no sabe distinguir una camiseta de un top!… En fin, al final yo acepté probarme los mom jeans, mientras ella claudicaba ante mi obstinada cabezonería por ponerme el top negro.

Después de estar haciendo media hora de cola para pillar un probador, entré en uno. Al cabo de unos minutos salí con el outfit completo de tejanos y top, momento en el que mi madre no pudo reprimir lanzar una elogiosa exclamación de orgullosa progenitora, ante mi deslumbrante presencia. Eso sí: enseguida volvió a la carga con el temita del top negro, no sin antes susurrarme al oído si no me había percatado de las miraditas viciosillas que me estaba lanzando el chaval del probador vecino. «¡Es que ya te lo decía yo…! Que ese trapo es poca tela para tus tetas, nena…». No pudiendo aguantar más, me cambié a toda prisa y corrí hacia la salida.

Esperé un rato. Mi madre no aparecía. «¿Qué porras estará haciendo?», pensé con desgana. «Seguro que no habrá podido resistir la tentación de probarse alguna cosa… Como si no la conociera…». Pero no. Entré nuevamente en la tienda y pensé: «¡tierra trágame!», al verla a ella y al disc jockey bailando al ritmo del «No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto…», de Olé Olé.

¡Qué depresión! Creo que iré a por una tonelada de chocolatinas… Aunque entonces mi madre va a acabar teniendo razón. Me pondré como una foca y mis pechos rebosarán por encima del top negro.